Citas de Pasión
Fuego amigo | ERNESTO ESCAPA
Estos días de Semana Santa, con la gente repartida por la calle, si no se discute del tiempo, que es lo habitual, enseguida se enredan otras controversias. Antes, cuando éramos sector primario, nadie protestaba por los chaparrones, pero desde que el desarrollo nos instaló en una economía menos cereal, hasta las jerarquías nazarenas se encabritan con las nubes. Lo cual es una manera de apuntar descalabros turísticos al cielo. Es verdad que resulta más fino entretener el paréntesis vacacional con disputas estéticas sobre liturgias y procesiones, que incurrir en el debate pluvial de todas las primaveras. Ahí estamos. Que si los cultos dicen que menos jaleo castrense en las melodías o que unos sastrecillos opinan que hay ropajes de cofrade que son pura ignominia pinturera.
Una vez que se logró digerir la cohabitación, en la misma noche santa, de la Ronda y sus papones con la orujada prole de Genarín, tampoco han faltado conflictos. No hace tanto, el ya ascendido arzobispo Braulio puso la proa a un paso cedido por Sahagún para desfilar en Valladolid. Hasta entonces, la bronca la preparaban los jugadores de chapas o los escultores atrevidos. Ya en este milenio, un delegado diocesano tuvo que intervenir en la limadura de los excesos pectorales de la Magdalena que procesiona la cofradía de mujeres. Creo que el árbitro fue Antonio Trobajo, quien no sé si sigue dedicado a esos sofocos. En Zamora, que tiene alcaldesa, varias cofradías dan la nota al impedir que participen las mujeres. La Semana Santa de Zamora fue pionera en dignificar el acompañamiento musical y en proveer a los mirones de bolsas de papel para recoger las cáscaras de pipas, porque derramadas en el suelo lastiman los pies desnudos de los penitentes.
Esas estridencias acústicas o de atavío traicionan el perfil austero y esencial que ha sido divisa de nuestra Semana de Pasión. En Ávila, en Burgos, en Soria o en Zamora, el temblor luminoso de las hileras nocturnas discurre por un escenario de murallas y castillos, de ballestas fluviales, de sillerías románicas, de postigos y espadañas, de ábsides y penumbras. Las carracas leonesas, los flagelos castellanos, tapetanes de Rioseco, el tararú palentino, el merlú zamorano, terciopelos y percales, estameñas alistanas y capas pardas, blancos sayales, mortajas penitentes, capuchones y capirotes, guiones y estandartes, motetes y polifonías, dramáticos misereres, cirios y faroles sobreviven en medio de la palurda impostura de los pastiches. En el debe se agrupan los ruidosos y desafinados tiroriros, los chillones satenes de disfraz colegial, algunos pasos falleros y esos desfiles a trote de cuartel.