Un curita cañón
En blanco | javier tomé
Aviso para los espíritus sensibles: esta columna se basa en hechos absolutamente reales. Cuando aún no se han apagado los ecos del escándalo desatado por el párroco de las localidades toledanas de Noez y Totanés-¦ ¿Recuerdan? Ese sacerdote que se pulió 20.000 euros en líneas eróticas y llegó a anunciarse él mismo en la red, ofreciendo sus servicios sexuales a las gentes de buena fe. La peripecia de este curita cañón parece que ha acabado en el diván de su psiquiatra, demostrando una vez más que los designios de Dios son inescrutables. Pues eso, no acabamos de recluir al Padre Pulgoso antes de que hubiera que atarle y, de forma paralela, han surgido un ramillete de historias relacionadas con la Iglesia que se van abriendo paso a golpe de escándalo. Ahí tenemos el caso del sacerdote destinado en el centro penitenciario de Topas que, se supone, para redondear la semanada se dedicaba a introducir drogas en la prisión salmantina. La defensa de este pastor de almas vino a decir en el juicio que su patrocinado se había dejado llevar por el entusiasmo, aunque el juez tuvo más en cuenta el fondo del asunto y le calzó tres años de cárcel. Son cosas, de verdad, como para ponerte a rezar a San Cucufate.
Para consternación de Benedicto XVI, las cosas no marchan mejor en el Vaticano. Uno no gana para sobresaltos al enterarse de la red de prostitución creada en torno al coro de la Capilla de San Pedro, donde la gandulería sexual estaba a la orden del día. Por lo que se sabe, era sonar el Ángelus y todo el mundo a pillar cuarto y mitad. Siguiendo el dictado de las tendencias, los casos de pederastia se multiplican y dan forma a un mosaico de secretos traviesos escondidos durante décadas. Todo el mundo se ha enojado ante semejantes piraterías de amor, excepto en España. El cardenal Cañizares dice que no preocupan las denuncias, pues el que peca y reza, empata. Sabias palabras.