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León

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Tribuna | Venancio Iglesias Martín

Catedrático de Literatura

Mire, señor. Me tiene hinchado con esa distinción. ¡Un compuesto! ¿Y me lo dice a mí que estoy descompuesto? Por más que miro no encuentro dentro ningún lugar donde se acurruque el alma. Yo creo que santo Tomás le diría el viejo proverbio: no se deben postular en filosofía entidades innecesarias. La distinción esa de cuerpo y alma por muy platónica que sea, no es necesaria, genera más contradicciones que otra cosa-¦ Luego ocurre lo que ocurre.

Se lo dije al cura y me miró y remiró y se remangó la sotana. Comprendí entonces que tenía que callar, porque el cura, lleno de santa indignación, me miraba directamente a la bragueta. Anduve listo porque, en aquella mirada, adiviné la torva intención de chutar un doble penalti, en semejante parte, lo cual que me asuste y di marcha atrás.

-”No es que yo niegue el alma -“dije ocultando el miedo y haciendo barrera como los jugadores del Real Madrid, es decir, protegiendo partes pudendas-”, es que luego pasa lo que pasa. Hemos llegado a creer que lo que existe es el yo con dos componentes, uno de los cuales es muy superior al otro ¿o no? Pero el yo los controla a los dos: esto es mi cuerpo, esto es mi alma. Vamos, el mito del auriga y los dos caballos del Fedro. Y luego sus feligreses están dispuestos a sacrificar el cuerpo por el bien del alma; y si haces un mal, el alma se va al infierno o al cielo, que no sé que será peor, a esperar al cuerpo en el juicio final. Esa es la gaita de postular una entidad así para explicar lo que no tiene explicación ni la necesita.

Poco a poco fui suavizando el tono dispuesto a reflexionar con mi ensotanado y repentino enemigo, y él fue bajando su amenazadora sotana.

Entonces le hice al cura una propuesta. -“Vamos a suponer que no hay un yo con dos componentes sino un solo objeto que no necesita demostración: el cuerpo.

Arqueó las cejas y comenzó a subir la sotana de nuevo.

-”No se asuste, hombre. El cuerpo es lo más milagroso que hay en la naturaleza. Millones de años evolucionando ciegamente, seleccionando con suprema sabiduría una entre infinitas posibilidades de ser para que millones y millones de células se organicen en una altísimo sistema de cooperación, de tal forma que, cálculo de probabilidades en mano, no es fácil que aparezca jamás un cuerpo idéntico-¦ ¿No le parece maravilloso?

-”Lo que me parece imposible es que eso llegue a ser sin un Dios -“me devolvió.

-”Dios, lo mismo que el alma -”repuse entonces-”, no es tampoco entidad demostrable, ni a los sentidos ni a la inteligencia.

-”Es usted, me dijo el sacerdote, un jodío materialista.

-”Pues claro, como ustedes. Ustedes, que rinden culto al cuerpo y dan la turrada con el cuerpo de Cristo, los sufrimientos del cuerpo de Cristo y el Cuerpo Místico, son tan materialistas como yo. Pero acepte eso como un cumplido. Porque si somos un cuerpo y su ser es algo maravilloso, un milagro de la naturaleza, no me negará que deberíamos rendir culto al cuerpo como algo sagrado, misteriosísimo en su nacer, vivir y autodestruirse. Señor. Nuestro cuerpo no es templo del espíritu santo. Es espíritu santo él mismo. Ya sabe que espíritu significa aliento, soplo, empuje desde el zigoto hasta la tumba o el crematorio. Y de la sacralidad del cuerpo, es preciso desprender un comportamiento, porque el pecado contra el cuerpo es pecado contra lo más sagrado.

Y el cuerpo del otro es tan respetable como el nuestro. Su maestro de usté señor cura lo vio claro cuando a María de Magdala, afectuosa y enamorada que debía de estar la tía, le dice: no me toques. Lo dice un cuerpo que fue torturado con rara violencia, como ustedes cuentan. No me toques. Mi cuerpo es sagrado y el tuyo también. No me toques todavía. Mucho tendría que decir la psicología actual de es pasaje.

Por eso no puedo decir que soy dueño de mi cuerpo, sino que soy cuerpo sagrado, intangible en su milagroso existir. Y los derechos humanos no se derivan del alma sino del cuerpo. Con esto queda claro que ni puedo hacer daño a yo-cuerpo ni tocar sin consentimiento y amor el sagrado cuerpo-otro ante el que hay que quitarse las sandalias como ante el terreno santo de la zarza ardiendo.

¿Cómo, pues, una guerra? ¿Cómo la explotación del cuerpo por el cuerpo? ¿Cómo el crimen? ¿Cómo África sin dar un gemido? ¿Cómo Vietnam o Irak o Afganistán o el fatídico número once de marzo o de septiembre? ¡Que llevamos veinte siglos de cristianismo y hacemos el bestia con todo el alma desde el comienzo! Algo falló siempre. No me diga que no.

Ya ve la contradicción, señor cura. El fundador del Cristianismo, Pablo de Éfeso (¡de Éfeso tenía que ser!) divide al hombre en cuerpo y alma y pone al alma a batallar contra el cuerpo y con eso, casi está consintiendo en la destrucción del cuerpo para salvar el alma. Y si se debe respetar el cuerpo, es porque, según él, es Templo del Espíritu Santo. Y luego, ay, dice el muy cebollino, ¿quién me librará de este cuerpo de pecado?Ya ve. No le importa la destrucción de la entidad más maravillosa de cuyo existir nadie duda para salvar una entidad que se postula contra toda razón.

¿Pero qué pasa con las mujeres que reclaman el derecho a ser dueñas de su cuerpo en lugar de ser y respetar escrupulosamente la hermosura de su cuerpo? ¿Y qué con el cuerpo-”hombre que no se respeta ni respeta el cuerpo-”mujer compañera? Pues que son igual de bestias.

En cualquier estadio, el cuerpo es el tesoro que hay que respetar y salvar por encima de todo. Por ejemplo en el caso del cuerpo-”semilla. El cuerpo-“semilla no es como un grano o un tumor que me sale en algún punto de la piel o de mi interior del que deba desprenderme por simple autoprotección. El cuerpo semilla empieza a madurar desde la fecundación hacia la independencia y libertad y también hacia la muerte. Empieza a diferenciarse de los padres desde el momento de la fecundación y ni la mujer ni el hombre son dueños de aquello que crece cada instante hacia la independencia, la libertad y la muerte. Pretender ser dueños del otro cuerpo-”otro por el simple hecho de que está en el propio es pecado contra el espíritu.

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¡A que ahora me da la razón, señor cura! Ya. Porque coincidimos en el fin ideológico. Usted mantiene que hay que respetar al otro porque es hijo de Dios. Y yo digo que hay que respetarlo por ser divinidad aunque perecedera. De modo que seguimos difiriendo radicalmente porque usted defiende un resultado apoyándose en malos argumentos y mala doctrina y yo en cambio, como soy un jodío materialista, no estoy seguro de lo que digo, ni de que esto que digo no sea una doctrina más ni de que lo que pienso esté bien pensado. Por eso me río y le pido disculpas porque -”¿le dije que estaba descompuesto?-” perdóneme, pero voy a hacer del cuerpo. Y no se tome nada de esto en serio, porque cuando el cuerpo anda así, el pensamiento anda también así, ji, ji. Con diarrea.