Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Al trasluz | eduardo aguirre

En el bosque de Katyn, los árboles más viejos aún deben de llorar al recordar las fosas. Durante 1939 y 1940, 20.000 polacos fueron ejecutados por orden de Stalin y enterrados en aquel lugar. La URSS siempre mantuvo que los autores habían sido los nazis, pero hace poco, por fin, hubo un reconocimiento oficial y una petición de perdón, tras unos primeros intentos de Boris Yeltsin para admitir públicamente la verdad, que luego fueron sepultados en silencio. El avión estrellado, con el presidente polaco Lech Kaczynski y 95 pasajeros más, se dirigía a un acto de reconciliación entre ambos países, en memoria de dichos ejecutados, en aquellos tiempos donde la locura colectiva no fue únicamente un mal español, sino un vaho que impregnó muchas ventanas. Parte de las víctimas del accidente eran familiares de aquellas otras, es decir, viajaban para personalizar un perdón, en nombre propio y en el de miles de personas más; no sé si es decente calificar de paradójica esta circunstancia, pero, sea como sea, hace aún más desconcertante la tragedia. Dios no juega a los dados, nos advirtió Einstein.

Polonia, llora y reza, fiel a su impronta católica, tierra de Juan Pablo II. Pero los analistas ya están escribiendo acerca del impacto catártico que el accidente ha tenido en Rusia, la santa Rusia, como la llamaba Tolstoi, y en sus dirigentes, que puede llevar las relaciones entre ambos países, hasta ahora marcadas por las heridas del pasado, a una dimensión de hermanamiento espiritual mucho más allá de la que ambas partes preveían antes del accidente. Qué misterioso es todo, vivir y morir. Y sí, Dios no juega a los dados, pero el diablo tampoco. En el bosque de Katyn, los árboles más viejos han vuelto a llorar, pero, como dijo Gandalf, «no todas las lágrimas son malas».

Cargando contenidos...