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León

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Nubes y claros | maría J. muñiz

Desarrollar el hemisferio derecho del cerebro. En especial la empatía, el pensamiento crítico y el espíritu de superación. Es lo que proponen algunos educadores para adaptar la formación de los niños y niñas a sus necesidades futuras, especialmente en el mercado laboral. No será fácil movilizar las grandes estructuras (la educativa lo es), cambiar su mentalidad y la formación de los formadores, lograr consenso, cuanto más entusiasmo. La resistencia al cambio forma parte de estos grandes dinosaurios. Pero, con más o menos resistencia, es evidente que las fórmulas educativas han de transformarse.

Los cambios que nos acechan son vertiginosos, y si amenazan con algo es con acelerarse, no con amainar. Cambios tan radicales, que los expertos aseguran que cuatro de cada cinco niños que hoy están en el colegio desarrollarán actividades profesionales que actualmente ni siquiera existen. Da vértigo, pero cerrar los ojos no ayuda a preparar este inevitable futuro.

Soy de la generación del BUP y el COU, e incapaz de entender siquiera la nomenclatura del itinerario formativo que siguen hoy los escolares. Considero necesaria la formación humana, una educación más allá de lo profesional, moldear personas capaces de pensar respetando sus múltiples facetas. Objetivo nada fácil, pero irrenunciable. Ayer leía una entrevista a una de estas emprendedoras educativas, en la que se decía que no sirve de nada saber de carrerilla los reyes godos, o los afluentes de los ríos. Es cierto. Pero si uno no aprende que hubo godos, o que hay países, continentes, ríos y montañas, puede ser eficaz profesionalmente, pero siempre tendrá lamentables carencias. La cuestión es: ¿caben tantas cosas, lo nuevo y lo antiguo, lo artesanal y lo tecnólogico, el juego y las actividades complementarias, en las apretadas agendas de estos atareados escolares? Difícil ecuación.

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