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León

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El rincón | manuel alcántara

Si algo se echa de menos en la vida e spañola, aparte de la capacidad adquisitiva, es la sensatez. Los fenómenos de sosiego y equilibrio en nuestro país han sido muy escasos. Incluso entre los que creemos en las llamadas «características nacionales» nos resistimos a atribuir rasgos comunes. ¿Por qué todos los ingleses van a ser flemáticos y todos los españoles orgullosos? Ni unos tienen condiciones para mantener la serenidad, ni otros para conservar el orgullo. La crisis griega ha determinado el pánico financiero en Wall Street, pero aquí no estamos rilando por las patas abajo por la subida del IVA que va a ir a más, mientras nos dicen que tenemos que ir a muncho menos a todos los contribuyentes.

La serenidad jamás ha sido una virtud española. La ejerció supremamente Velázquez, que era un portugués. Aquí siempre hemos creído en la exaltación, que no deja de ser una forma de locura transitoria, como el enamoramiento. ¿Atraviesa el mundo una especie de pandemia esquizofrénica? En México quieren comprar el pantalón lleno de sangre de José Tomás de un monosabio. Probablemente se subastará. Un poco más cerca, en Roma, los teólogos piden la dimisión del Papa y el fin del celibato, dada la muchedumbre de clérigos mariconcetes o mariconzones, que dicen en Cuba. ¿Es contagiosa la locura? El diccionario la define como privación del juicio o del uso de la razón, ya que todo el mundo la tiene, pero no la gasta. En opinión de Kafka, la locura proviene de un exceso de introspección, o sea, de eso que la gente llama darle muchas vueltas a la cabeza. No es el caso de Zapatero y de Rajoy. A ambos les falta la cordura necesaria. Y nos están volviendo locos, después de habernos vuelto pobres.

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