Algo falla
Irreverencias | C. CHAMORRO
Ciertamente, los premios Nobel de la Paz someten a este galardón a una situación de entredicho (Obama, Al Gore, Kissinger, Arafat) que no se da para los premiados en otras facetas, casi siempre más acertados. No obstante, este premio puede servir de paradigma de muchas cosas. En el ámbito científico, donde no se suceden tantas discusiones sobre los galardonados, los protagonistas lo son también de buena parte de nuestra prosperidad y bienestar. Además, ocurre que la obtención de estos premios tiene una clara relación con el progreso y la economía de los países en los que trabajan los galardonados.
En España, pasan los años, cambian las circunstancias y el entorno social, político y económico pero la sequía de estos reconocimientos permanece. Si excluimos a Estados Unidos, con 246 premios Nobel de ámbito científico desde 1901, encontramos países como Alemania con 67, Francia con 30, Suecia con 19, Holanda, con una extensión semejante a Galicia, con 14, Dinamarca con 9, Italia con 9, Bélgica (parecida también a Galicia) con 5. Para qué continuar. En España seguimos con el único: Ramón y Cajal, desde hace 104 años (Ochoa, al que conocí, pensaba en inglés y fue un Nobel estadounidense).
Para mi sorpresa, hace unos días un periodista y tertuliano habitual preguntaba a sus entrevistados en qué podía contribuir la ciencia al progreso económico del país. La respuesta -que no le dieron- es que el planteamiento debiera ser en qué no puede contribuir la ciencia y la tecnología al desarrollo económico. Desde la Segunda Guerra mundial se estima que casi el 60% de la economía depende de una manera directa de la ciencia. En el resto lo hace, en diferente medida, de una forma indirecta.
Se habla hasta la saciedad del cambio de nuestro modelo productivo. Cabe un cambio en nuestro país, que no se ha hecho hasta la fecha: el de apostar de verdad por los recursos del conocimiento. La investigación y el desarrollo, junto con la innovación y la transferencia de los resultados al mundo empresarial, son lo que podrían hacer progresar de verdad a España, reduciendo sus déficit no por sacrificios injustos sino aumentando los ingresos. Pero las inversiones en este campo adolecen de varios «defectos»: no se cortan cintas en su inauguración, no se garantiza el éxito de la inversión y el resultado, de producirse, aparecerá cuando ya no haya ningún ministro ni presidente que los promovió. ¡Largo el plazo me ponéis!, que diría Don Juan Tenorio. Ortega nos lo dejó claro: el caso Cajal no puede significar un orgullo para nuestro país, es más bien una vergüenza porque es una casualidad.Algo falla.