Un lector de Pereira
La gaveta | césar gavela
El viernes 4 de junio salí de casa camino del trabajo. Crucé el puente de San José, el más antiguo de Valencia, del siglo XIV y, como cada día, entré en el viejo y romántico barrio del Carmen. Avancé por sus plazas y negocios populares, entre gentes que construyen su vida de un modo sabio y lento, heterodoxo a menudo. Entre ruinas árabes y romanas, claustros renacentistas y barrocos, palacios ilustrados y solares catastróficos. Llegué a la plaza de Sant Jaume, corazón del barrio, donde hay muchos bares y cafés, árboles cuyas hojas forman un rincón bello, libertario y cívico. Allí también había un camión del reparto de bebidas. Un hombre salió de la cabina azul, llevó dos cajas de una cerveza catalana hasta un bar. Luego volvió al vehículo y en ese momento me di cuenta que era el mismo repartidor que hace ahora dos años yo había visto leer un libro de Antonio Pereira en la calle Samaniego, mientras esperaba a que abrieran un bar cavernoso. El libro era País de los Losadas . Era el mismo hombre joven al que yo asalté y sorprendí para presentarme como amigo del autor de aquel libro. El mismo hombre al que le puse al teléfono a Pereira. Un hecho que este valenciano vivió como un prodigio. Porque, ciertamente, lo era.
Hablaron un rato, fue todo intenso, fácil. Luego hablé yo con Antonio. Y esta imagen de hace dos años, y la de ese viernes en la plaza de Sant Jaume, me llevan a otra, que me impresionó mucho. A una foto que vi hará un mes en las páginas del Diario de León acompañando un interesante reportaje de Manuel Cuenya. La imagen de la tumba de Antonio Pereira en el camposanto de Villafranca del Bierzo. Y la gran extrañeza que sentí al ver su nombre allí, en el túmulo blanco. Volví a esa extrañeza. Despertada por ese hombre alto y rubio que reparte la cerveza catalana por el inmenso casco viejo de Valencia. De algún modo, recorrí en un instante el tiempo que pasó entre aquella conversación y estos días de la primavera valenciana. Calurosa y lasciva, como siempre. No sé si primavera de aquel erotismo diocesano que decía Pereira. Pero que no era diocesano, obviamente. Sólo que Antonio se tapaba un poco. Porque el tiempo y la zona favorecían ciertas cautelas. Y su modo de narrar, contrapuntístico. Donde lo no dicho es tan relevante como lo escrito. Para que el lector lo cierre. Y se sienta, en verdad, creador. Surgió Antonio Pereira en esa luz sencilla de la vida, de las horas que pasan, del recuerdo y de sus libros. Y consuela saber que ahora ya sí, tardía pero felizmente, sus obras están en la colección de textos de bolsillo donde sólo recalan los grandes del idioma. Con Borges, Bioy Casares, Rulfo, Cortázar-¦ Compañeros en el don que muy pocos narradores tienen. El don imprescindible y perdurable del encanto. Luego el camión azul arrancó; se fue bajó los árboles, entró en la calle Quart. No quise interrumpir a mi amigo del reparto, al que saludo desde estas páginas. Que leerá dentro de unos meses, cuando volvamos a coincidir.