Diario de León
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Fronterizos | miguel Á. varela

Tengo un amigo que se ha vuelto a leer todas las novelas de Plinio, aquel Sherlock Holmes de secano creado por Francisco García Pavón, jefe de los municipales de Tomelloso, que abrió la veta de la novela negra a la española, con su costumbrismo manchego, su puntito de crítica social «ma non troppo» y que igual resolvía un caso de asesinato que el robo de unos jamones. Plinio era la cara b de una pequeña población provinciana, de esas en las que engañosamente convenimos en afirmar que nunca pasa nada, aunque sepamos que las miserias del ser humano están plenamente representadas en su justa proporcionalidad demográfica. Por su legendario pasado de riqueza especulativa, en Ciudad del Puente la cara b daría para todo un LP. Mi abuelo contaba la historia apócrifa de aquel municipal al que un viajero le preguntó, a principios de los sesenta, en plena Plaza de Lazúrtegui, por la Casa Consistorial. «No señor: de eso por aquí no tenemos. Quizá pueda encontrar alguna en los arrabales, por la zona del Bosque, pero en plan clandestino», dicen que le contestó el probo funcionario municipal que, evidentemente, no había leído las historias de Plinio. Cincuenta años después, nadie pregunta ni por la Casa Consistorial ni por otro tipo de casas, ahora convenientemente publicitadas por los neones de la modernidad, que esconden en su trabajada penumbra a las mujeres más tristes del mundo. A los papeles han saltado estos días noticias que dibujan los perfiles de morbosas historias relacionadas con el oficio más viejo de la humanidad, al que nos empeñamos en seguir ocultando en las cloacas de noches cargadas de falsas alegrías, de colonias baratas y de billetes arrugados y sudorosos. Y aunque el volumen de sus transacciones económicas harían subir el PIB de la Unión Europea, la moralina occidental prefiere mantenerlo sumergido, quizá porque las ciudades y los estados necesitan una cara b para seguir existiendo.

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