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León

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Fuego amigo | ernesto escapa

L a Fundación Villalar ha encomendado al académico e historiador de la fotografía Publio López Mondéjar el rescate de la memoria gráfica de Castilla y León entre 1850 y 1975. Un testimonio de valor incalculable, en el que se mezclan las imágenes documentales y las aportaciones artísticas, cuya realización permitirá afinar el balance del género. Porque, al día de hoy, su recuento en España todavía ofrece demasiadas sombras. Y no digamos a nuestro alrededor. Hasta ahora, los estudios e inventarios llevados a cabo supeditan el arqueo a la capitalidad de los archivos y al entorno de las publicaciones de referencia. El resultado es que la historia de la fotografía española circulante, desde sus orígenes al siglo veintiuno, se limita con leves excepciones a Barcelona y Madrid.

De vez en cuando, un aldabonazo nos recuerda que la realidad no es tal ni parecida. Ocurrió hace un par de años con el descubrimiento póstumo del fotógrafo berciano Bernardo Alonso Villarejo (1906-1998). El historiador del arte Javier Hernando asegura, en el catálogo editado por el Instituto Leonés de Cultura, que su obra lo iguala a cualquiera de los fotógrafos importantes del siglo veinte. El profesor Hernando analiza la evidencia de sus vínculos con los mejores fotógrafos internacionales y muestra su asombro ante la coherencia conceptual y formal de este maestro de la composición, que maneja la sugerencia de los contraluces como nadie.

Hecho el descubrimiento, se disparan las perplejidades, pero otra vez la realidad contradice la ceguera del tópico, que restringe el padrón de la cultura a Barcelona y Madrid, dejando el resto para cultivos de erial costumbrista. Amigo y confidente de Marañón, Bernardo Villarejo fue un viajero impenitente, que iluminó la tiñosa posguerra con el respiro de sus estancias en París, Basilea, Londres o la Costa Azul. A Madrid bajaba casi todos los meses. Había estudiado ingeniería naval en los felices veinte y recaudó la prosperidad de la minería en sus negocios de Bembibre y Ponferrada.

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Durante la última década de su vida, tuve una estrecha relación con él, que me permitió apreciar con qué estima arropaba su obra fotográfica en medio del desinterés general. Fue un mecenas generoso con su pueblo y un hombre austero y estricto, al que sólo conseguía sacar de sus casillas el desmán de la injusticia. Por eso abandonó de joven la portería de la Ponferradina y tiró para siempre el fusil en una ronda de la retaguardia bélica. Más tarde, supo mantenerse ajeno a las bicocas de la política y concentró sus pasiones en la fotografía, en la lectura y en el coleccionismo. Fue el auténtico Señor de Bembibre.