¡No al racismo en León!
Tribuna | Djidiack Faye
Doctor en Filología Hispánica
Las grandes sociedades son las que tienen la capacidad colectiva de pensar y actuar por encima de todas las consideraciones sociales acuñadas con absurdos prejuicios que hunden sus raíces en la abominable voluntad de humillar a seres humanos que sólo tienen la culpa de ser de color distinto. El racismo es cosa de las sociedades retrógradas que, en vez de abrirse al mundo y asimilar la evolución de las mentalidades al nivel universal, siguen enclaustradas en prepotentes e ignorantes consideraciones de índole racial porque es el camino más fácil para esquivar las confrontaciones de ideas, el intercambio cultural y el descubrimiento de la irrevocable veracidad de que la inteligencia, esencia del ser humano, no es de ningún color y tampoco se hereda sino que se adquiere a lo largo de una inmensa carrera intelectual y también sacando las lecciones idóneas del espectáculo que la vida cotidiana nos ofrece. Sólo las sociedades inseguras de sí mismas e incapaces de argumentar con elegancia sus ideologías y de estar en contacto con otras identidades sin perder la suya, se refugian en el arcaico y falso tópico de que el blanco es superior al negro. Incluso intentar buscar argumentos a esas falsedades es insultar la inteligencia humana y demostrar su ignorancia.
En el siglo XXI llamado el de la universalidad y de la interculturalidad, los casos de racismo que los negros estamos viviendo últimamente en León sólo se pueden calificar de vergonzosos, y ya es el momento de cerrar este peligroso surco abierto por los que carecen de argumentos para justificar su odio al negro. A las personas inteligentes les parecerá increíble que, en el momento en que la primera potencia mundial que, en el pasado, fue el país más racista, confía su destino a un negro (un gesto desde luego aplaudido por todo el planeta), haya en León discotecas que prohíben la entrada a los negros. El celebérrimo sueño de Martín Luther King, hecho realidad en todas las sociedades civilizadas parece ser ignorado por una parte de la población leonesa.
Aunque sobran los casos de racismo, sacaré un ejemplo de mi propia experiencia. El sábado, 18 de abril de 2010 salí de fiesta en el barrio Húmedo de León donde en dos ocasiones los fornidos porteros vestidos de negro e inmóviles como estatuas me soltaron la repugnante e idiota frase: «Por orden del jefe la entrada está prohibida a los negros», sin más explicaciones; lo cual no es de extrañar porque hasta los más incultos son concientes de que no hay argumentos que valgan para justificar tales actos. Es también muy frecuente oír por las calles de León, frases racistas de tipo: «negro de-¦ (más insulto) vete a tu país)»; algunos alegando que por culpa de los extranjeros ya no encuentran trabajo. Ahora bien, hay muy pocos españoles que no tienen padres, abuelos o familiares que emigraron a otros países entre 1936 y 1975, de modo que el sentido común debería llevarles a preguntarse cómo se sentirían si fueran rechazados en sus países de acogida. Pero como la memoria es selectiva, hacen el paripé de olvidarse de su reciente historia.
No obstante, el aislamiento, o mejor dicho el rechazo de los negros, tiene más inconvenientes que ventajas para la sociedad y sobre todo para la seguridad pública. En efecto, cuando ellos ya no puedan mezclarse con los blancos, se reunirán más frecuentemente y llevarán más tiempo reflexionando sobre las injusticias que están viviendo diariamente, lo cual puede germinar en ellos ganas de rebeldía y venganza. Ya en las últimas semanas, se han contado algunas peleas entre negros y porteros que les prohibían la entrada en ciertas discotecas. Esos tipos de acontecimientos desafortunados, que condenamos de paso, pueden poner en peligro la seguridad de los ciudadanos. Nunca se puede consentir ni tolerar la resolución de los problemas por la violencia. Nadie debe ni puede sustituir a la autoridad pública estatal. Pero, si esos lugares que declaran personas non gratas a los negros tienen sus razones específicas, éstas se pueden debatir con elegancia con la comunidad negra para llegar a un entendimiento mutuo y una resolución pacífica de los problemas.
Ahora es necesario que la Autoridad Suprema intente aducir soluciones a esos problemas recordando a cada uno sus obligaciones de someterse a la ley, exigiendo también que se respeten los derechos de todos, es decir, de los ciudadanos españoles pero también de los extranjeros. Sino, ¿para qué sirven las tarjetas de residencia otorgadas legalmente a los negros si éstos no tienen el derecho de entrar donde entran los blancos? Esa documentación no debe servir sólo para poder identificar la dirección de domicilio en caso de delito o impago de la hacienda, o tener la posibilidad de trabajar y llenar la Seguridad Social de dinero, sino que debe ser también un factor de integración puesto que es la prueba administrativa y oficial de que España acepta y autoriza que un extranjero viva en su territorio, lo cual supone garantizar a éste sus derechos. ¿Cómo se puede entender que nosotros que compartimos las aulas de la universidad de León con alumnos de todas las razas, con quienes, cabe decirlo, trabamos en general buenas relaciones de amistad y de compañerismo, cuando salimos por la ciudad estamos considerados como seres inferiores que no tienen la dignidad de juntarse con los blancos?
Sin embargo, sería tener mala fe no reconocer que hay ciudadanos leoneses que siempre han ofrecido su amistad a negros y les han facilitado su integración social y profesional. Pero hemos tomado nuestra pluma para denunciar aquí la conducta de las personas racistas y llamar la atención de las autoridades y los ciudadanos inteligentes sobre el crecimiento de este fenómeno de xenofobia que no honra a ninguna sociedad civilizada. Estamos orgullosos de nuestra negritud y sólo pedimos que nos juzguen por nuestros actos y pensamientos, y no por nuestro color.