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León

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Tribuna | Eugenio Marcos Oteruelo

Graduado Social

El transcurrir de la vida nos enseña lo fácil que resulta pisar los sembrados en los que debería nacer y crecer la buena hierba que da voz a la razón y al entendimiento entre los seres humanos; a menudo, la vibrante historia de España nos ha sorprendido con algún escenario de peleas inútiles a las que han sobrevenido días de sufrimiento, siendo ahora, de nuevo, cuando se percibe un lenguaje de pesimismo, angustiosamente instalado en la sociedad

De un escritor alemán -creo que W. Siegburg- leí la siguiente frase: «Die Deutschen werden nie vergessen» (Los alemanes nunca habrán de olvidar) nunca jamás deberán olvidar que la soberbia y el terror invocados para construir un tipo de humanidad a su medida era sólo pasado; de las cenizas de aquella memoria histórica habría de surgir una nueva Alemania, un rostro limpio para el pueblo alemán y se pusieron todos a ello. Por qué no nos aplicamos este razonamiento y, sin dejar que la memoria se oxide, nos adentrarnos en la senda del diálogo constructivo eliminando distancias y extremismos; que el dolor de la historia no salpique de dudas el futuro; tampoco es bueno atrincherarse en posiciones ideológicas inflexibles y menos, cuando éstas, se van deshilachando en manos de una superestructura económica mundial que, es muy probable, ya no tenga marcha atrás.

Ha llegado la hora de pensar que no podemos seguir con el cuchillo siempre afilado y dispuesto a partir la sandía en dos porciones irreconciliables. Las políticas sociales del siglo XXI navegan sobre un gigante rompeolas, que impide cualquier posibilidad de escoramiento hacia izquierda o derecha; quiere decir, que no se puede jugar a posiciones caprichosas ni a movimientos violentos con el peligro de arruinar el negocio de convivencia que nos toca compartir. Cada país está obligado a gestionar lo mejor posible su economía doméstica a la sombra de pautas y decisiones procedentes del exterior.

Con tristeza comprobamos que, ni siquiera el reciente período de nuestra joven democracia, ha sido capaz de remansar las aguas en esta España abiertamente expuesta a los placeres de la frustración. En repetidas ocasiones, escritores y poetas nos han alertado de una extraña costra adosada a nuestra piel: desde Larra hasta los «vientos del pueblo me llevan/ vientos del pueblo me arrastran» de Miguel Hernández; desde la sombra de tragedia que se cierne sobre los versos de Lorca, hasta las dos Españas de Machado y, cómo no, Francisco Umbral nos recuerda que, a los españoles, nos forjaron innecesariamente frustrados porque nos forjaron innecesaria y prematuramente héroes. También es cierto que algunos intelectuales se han decantado por una tercera vía que durante años ha estado dormida, contraria a la bipolarización de ideas y muy alejada del pensamiento único que se quiere imponer desde el poder.

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Demasiadas veces compitieron las campanas por el llanto de estos o de aquellos y, todo parece, que no hemos aprendido la lección; demasiadas veces España ha ido de andén en andén subiéndose siempre al último tren. A pesar de todo, soñaremos con los hombres y mujeres de la transición que, algún día, se pueda caminar, juntos, por un territorio sin cicatrices donde las paredes no tiemblen ante posibles desencuentros.