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León

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Panorama | antonio papell

Bruselas es una metonimia que representa el ímpetu decisorio de la Unión Europea. En la actualidad, «Bruselas» controla el déficit español, presiona para que nuestro país reduzca el gasto y realice las reformas estructurales. Bruselas impone, Bruselas legisla, Bruselas ejecuta. En los últimos tiempos, desde que la crisis económica ha instalado sus reales en la globalización, la presencia de «Bruselas» ha adquirido creciente notoriedad. Nos hemos percatado de que el euro, referenciado hasta entonces en la política monetaria del Banco Central Europeo, necesitaba el respaldo de un poder económico solvente que actuase de soporte y de garantía de la moneda única. Ésta ha sido la única consecuencia virtuosa de la recesión: impulsar la institucionalización de Europa, federalizarla, forzar el surgimiento de una política fiscal común. No es impertinente sin embargo cuestionar la naturaleza de «Bruselas». Es decir, abrir un análisis crítico sobre los mecanismos de toma de decisiones. Y, en primera instancia, la observación llega a resultados desoladores: «Bruselas» es actualmente un poder magmático que tiende a amoldarse a una voluntad principal: la del eje franco-alemán, actualmente en manos conservadoras. La voluble alianza entre los dos países centrales de la UE marca la principal dirección de avance, que en todo caso se filtra luego en la criba unilateral y decisiva de los intereses germánicos, que dominan el binomio. La estrategia de la Eurozona para afrontar la crisis económica ha sido, en fin, impuesta por la señora Merkel, una estadista de capacidades perfectamente descriptibles, que gobierna presionada por un Partido Liberal muy radical, enemigo declarado de los Estados de Bienestar europeos y partidario de la ortodoxia fundamentalista de los mercados. Han sido los liberales del FDP quienes han forzado a Merkel a impulsar un ajuste de 80.000 millones de euros en cuatro años que, por obvias razones, reducirá significativamente la actividad de la «locomotora» alemana y retrasará la recuperación europea en su conjunto.

Es evidente que no se ha cuestionado la estrategia europea de salida de la crisis probablem ente porque la socialdemocracia europea está en horas muy bajas. Pero es claro que la fórmula adoptada no es la única posible. No hay ninguna razón objetiva para disponer que el ajuste de la Eurozona haya de terminar precisamente en 2013. Resulta muy llamativo que ni siquiera se haya discutido la posibilidad de retrasar esa fecha para minorar el sacrificio de las sociedades afectadas por el ajuste, que en algún caso -el griego o el español- se ven abocadas a renuncias extraordinariamente dolorosas. El argumento de que «los mercados» exigen el retorno a la ortodoxia es una banalidad: debe ser la política la que marque la pauta a la economía y no al contrario. En definitiva, estamos regresando a parajes de «pensamiento único», de ausencia de debate ideológico, de aceptación resignada y pasiva de las consignas estereotipadas de la ortodoxia neoliberal. El Europarlamento, una institución tan onerosa como estéril, no desempeña papel alguno en la construcción de las grandes definiciones ideológicas de esta hora. Los poderes de la «federación» europea siguen sin constituirse, sin vincularse a alguna forma de soberanía. «Bruselas» sigue siendo el deshilachado fantasma autoritario que actúa sin la menor preocupación por la legitimidad. ¿Cómo pedir, en estas condiciones, la adhesión a la idea colectiva de la Unión?

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