Mundial primero
La gaveta | césar gavela
En 1962 la calle Antolín López Peláez de Ponferrada ya tenía ese nombre largo y arzobispal. De un gran clérigo del Alto Bierzo que llegó a cardenal de Tarragona.
Había una parada de taxis en esa calle. Y el taller de un chapista que parecía un anciano vigoroso del Far West. Con un mono con peto, y laringetomizado. Pero seguía trabajando: sonaban en la tarde cálida de julio sus golpes de martillo en los viejos coches del Bierzo. Cuando pocos tenían coche y cuando los camiones parecían recién llegados de las películas norteamericanas de los años treinta.
La calle empezaba con una casa baja, con jardín, por la parte de la plaza de Fernando Miranda. En frente, al sur, otra casa, esta con escaleras en espiral, donde vivía mi tía Salomé, hermana de altos clérigos, presidenta de Acción Católica, y en cuyo hogar yo viví la primera experiencia erótica de mi vida. La primera en muchísimos años que vendrían después. Cuando acaricié a una niña debajo de la mesa camilla. Gran prodigio de dos niños de seis años, muy exploradores. Que mi tía canceló con rigor, produciéndome gran pena y nostalgia.
La calle tenía un garaje moderno, un hotel pequeño y un restaurante que hace esquina y que aún pervive con otro nombre. En ese cruce habían muerto muchos mineros asturianos en un combate de la guerra civil. Yo no sabía nada de los mundiales, pero mi padre me informó. Y como meses antes ya había debutado como seguidor de la Deportiva en las gradas de Santa Marta, el asunto me interesó mucho.
Los mundiales de aquel año fueron en Chile, y nuestra selección tenía un equipo muy bueno y algo falsario, con jugadores extranjeros nacionalizados como Puskas-¦ Y con glorias nacionales: Luis Suárez, Gento, Peiró. Aspirábamos a mucho, pero nos tocó la maldición de estar en el mismo grupo de los dos equipos que, a la postre, jugaron la final: Brasil, que sería el campeón, y Checoslovaquia, segundo. Por todo ello, el partido clave del grupo -”dando por supuesto que perderíamos contra Brasil y que ganaríamos a México, tal como sucedió-” era contra Checoslovaquia.
Recuerdo la calle Antolín López Peláez en aquel día del verano. También, que no se podía ver el partido en la incipiente televisión. Mi padre y yo vimos a varios hombres dentro de un taxi, escuchando la radio, y que parecían conjurados. Como si estuvieran recibiendo instrucciones para realizar una revolución o un crimen. Mi padre se detuvo y preguntó:
-¿Cómo van?
-Pierden uno a cero.
La noticia fue una puñalada. Pero lo peor es que no hubo cambios en el marcador. Recuerdo que el partido fue en Viña del Mar, que me sonó a lugar de ensueño. Más aún cuando supe que estaba junto a Valparaíso. Aquel fracaso de Chile fue curado dos años después, con la Eurocopa del 1964. Desde entonces ningún título hasta otra Eurocopa, la de 2008. ¿Y ahora? Ahora me parece que volvemos a las andadas de Chile, también inesperadamente. Y con el propio Chile por el medio. El fracaso acecha, pero, de suceder, no dolerá tanto a los bercianos. Porque la Deportiva ya está en segunda.