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Avelino Gutiérrez. León
León

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Hemos despedido a Miguel Ángel (Tamba) para todos.

En un templo abarrotado de familiares y amigos los oficiantes han comenzado afirmando que aquel era un acto de caridad, ha de suponerse que no tanto como virtud teologal cuanto como actitud solidaria con el sufrimiento ajeno. Sus hijos, pusieron las cosas en su sitio con unas emotivas palabras al final de la ceremonia e hicieron aquello a lo que íbamos todos: Rendirle honores. En ese pequeño discurso, recordaban la actitud de servicio, honradez, honestidad, generosidad con los demás, capacidad de trabajo, su inteligencia, su gran interés por los problemas de los demás, su combatividad incansable, su comprensión y generosidad y exhortaban a sus familiares y amigos, a que se sintieran orgullosos de haber tenido a un hombre de los que dejan una profunda huella y al que siempre estarían agradecidos. Estas líneas aspiran únicamente a ser una prolongación personal de ese magnífico y merecido elogio. Siempre que me encontraba con este hombre, recibía una gran satisfacción por mi parte, preocupado por todo y por todos, pendiente de mi familia, con su corazón abierto y de forma muy noble, algo que le caracterizaba, buen vecino, y buena persona. De sus virtudes quizás la más destacada fuera su capacidad de lucha, su incansable empeño en los objetivos que se marcaba, quizás por eso, y sin duda por su juventud, es por lo que su muerte nos ha golpeado con tanta violencia y nos ha sorprendido tanto. Quizás nadie de los que le conocíamos pensamos nunca que una mísera enfermedad podría derrotar a un hombre tan fuerte.

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Estas líneas las escribo porque, de regreso a casa, recordé una frase que oí de niño decir a alguien en honor a un amigo muerto y que tiene mucho sentido aplicada a Miguel Ángel (Tamba): La muerte siempre se lleva a los mejores. Descanse en paz.