Tribuna
Tomás Pérez Marcos, apóstol en Venezuela
El pasado día 18 llegaba por Internet la noticia de su muerte a los 85 años de edad, por parada respiratoria, después de una larga y penosa enfermedad, que él llevó con mucha resignación. Su deseo era quedarse para siempre en Venezuela, donde él había realizado una benemérita labor docente y pastoral en Caracas, Tiajuana y Ciudad Ojeda, en la zona petrolera del Estado Zulia. Volvió a Caracas, donde pasó sus últimos años.
Nació el año 1925, en la casa-escuela de Gualtares de Órbigo, donde estaba su padre de maestro, pasando la mayor parte de su infancia en San Feliz, distante un kilómetro, por ser el lugar de residencia familiar. La vocación religiosa y agustiniana le vino de su padre, don Maximino, que había estado como aspirante de agustino y luego aportó tres de sus hijos. Ingresó en la Apostólica de Valencia de Don Juan en 1937, pasando a Valladolid, en 1942, donde completó sus estudios eclesiásticos de Filosofía y Teología. Allí le conocí en 1948 y me hice amigo de él junto con otro condiscípulo, Benigno Uyarra, que le dedicó un bonito álbum con motivo de su ordenación sacerdotal en 1950. Ese año pasó a Becerril de Campos (Palencia) como encargado de los aspirantes a hermanos legos, pasando en 1952 a ser auxiliar del maestro de novicios. Allí le tuve de pedagogo y realizó una labor muy buena, salvando algunas vocaciones, como la mía, e insistiendo en la espiritualidad de la que él consideraba «hermana», pues fue agustina canonesa, la beata Ana Catalina Emmerick. Vivía su espiritualidad y la difundía.
En 1953 fue destinado a Venezuela donde estuvo dos años en el colegio de los Jardines de Valle y luego pasó en 1954 al colegio San Agustín de Ciudad Ojeda, con distintas actividades docentes y espirituales. Se encargó de la capilla de Tiajuana, dependiente de la parroquia de la Rosa, donde desempeñó una labor pastoral en los Campos petroleros de aquella zona. Volvió en 1961 al colegio de los Jardines del Valle y luego en 1964 al de Ciudad Ojeda, donde le tuve de súbdito. Hacía de profesor procurador y auxiliar de la parroquia. En 1965 fue destinado al colegio de San Agustín del Paraíso, haciendo de sacristán, ecónomo y director de primaria hasta 1978. Aunque su salud se resquebrajase, él seguía colaborando con algunas clases.
Mientras se sometía a unas pruebas médicas en Miami, Estados Unidos, por recomendación de los facultativos de Caracas, sufrió un derrame cerebral, que le dejó medio paralítico. Volvió al colegio de San Agustín del Paraíso, donde tenía su jardín escolar Hizo esto, después de ver cómo don Dámaso Campo, un maestro jubilado y medio paralítico, tenía su huerto en la parte de Trobajo. Esto le dio ánimo para seguir colaborando en cuanto podía hasta 1994. Ese año fue destinado al colegio de San Agustín del Marqués, donde era como un centro de espiritualidad. Intentaron traerle a la Residencia de Atención Especial en Valladolid; pero prefirió seguir en Caracas, donde tenía una hermana monja pastorina, que le visitaba quincenalmente. Personalmente le veía durante mis viajes a Caracas y pasé dos buenas tardes con él en los meses de febrero y marzo del 2009.
Seguía hablando de la «hermana», la beata Ana Catalina Emmerick, cuyas obras leía con verdadero deleite y le daban fuerza para llevar los achaques de la enfermedad. Fue un buen religioso agustino, amante de la historia de la Orden, de la que disfrutaba al conocerla. Me pidió hiciese una rectificación de lo publicado en 2001. Servía de ejemplo en Venezuela, como un símbolo de vida religiosa y semilla para promover nuevas vocaciones. Compartí con él muchas ilusiones y proyectos.
Era muy devoto de la Santísima Virgen y rezaba el Rosario con mucha devoción, imitando a la beata Catalina Emmerick, de la que fue un testimonio viviente en sus últimos años.