Diario de León

Santa Marina: «La fiesta de barrio-¦ con más huevos»

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Tribuna | Héctor-Luis Suárez Pérez

Musicólogo y en su día «mozo del barrio».

Comenzó la primera de las últimas y recientes etapas de puesta en valor o recuperación de las castizas fiestas del Barrio de Santa Marina en la primavera de 1980. Todo se debió a la iniciativa del entonces párroco de Sta. Marina «La Real», D. José María Barrero, cariñosamente conocido como «el Chema» por quienes conformábamos la juventud parroquial de aquel entonces. Su ocurrencia implicaba un pensado modus operandi de «personalísima intervención pastoral parroquial».

Éste se manifestaba a través de la organización de algún tipo de sencillo y participativo festejo popular de honra a nuestra querida y gallega patrona su aparentemente inocente planteamiento original, la propuesta debía de servir tanto de aglutinante como de revulsivo social y religioso de su parroquia y por tanto del barrio incluido en ella. Un antañón conjunto éste, sito en el mismo centro de la ciudad y mutado por el paso del tiempo en la compleja configuración social que manifestaba en aquellos controvertidos tiempos de cambio. Arrancó el proyecto tras quince o dieciocho años de letargo festivo forzados por tal complejidad vecinal, el envejecimiento o la inactividad y falta de iniciativa moceril festiva. Tímidamente, planteado «a título parroquial» y a modo de prueba, casi sin tiempo para su gestión, el bueno de Don José María se puso manos a la obra. Con una fórmula tan vieja como eficaz, su estrategia se esbozó correcta e intuitivamente desde planteamientos puramente antropológicos heredados de la costumbre. Los mismos giraron en torno al fomento del refuerzo identitario colectivo, a partir de la participación en una empresa común - en éste caso, provocada por la puesta en valor, dignificación y rescate de la tradición festiva patronal propia, perdida por la comunidad-. No malició el promotor las consecuencias en el paisanaje de su en apariencia inocente «tejemaneje» y por tanto, el resultado resultó un revulsivo, sí, aunque no totalmente en la línea que el clérigo pretendía.

Pero a pesar de la escasa publicidad, el proyecto parroquial quedó al albur de la severa y crítica observación del sorprendido, siempre bueno y como se ha dicho, controvertido vecindario. Conjunto humano castizamente concienciado sobre el tema, además de auto considerado ferviente portador vivencial de la ortodoxia en la tradición festiva al respecto. Por tanto y como si de una obra de Berlanga o un episodio de «Don Camilo» se tratase, la polémica quedó servida para algunos sectores y el tema se abrió al cómico debate surrealista en los naturales y convenientes foros de costumbre. Es decir, para los varones la barra de bares o tabernas y para las señoras, superada la época del caño y el lavadero, el mostrador de panaderías, tiendas de ultramarinos, etc. Sin resolver nada finalmente, como también es costumbre, antes y después de la celebración, los polemistas «se pusieron las botas» a opinar y debatir de modo cósmico, activa y acaloradamente asuntos como la esencia de la fiesta del barrio, la licitud y conveniencia del protagonismo del párroco, el color clarete del vino-¦, las carencias, novedades y aciertos del programa frente a tiempos pasados, así como lo que más se echó de menos: «el ramo del Pelayo», «la carrera de la rosca», «la hoguera», etcétera Recuérdese que, como ya comenté en algún artículo precedente, «ser de Santa Marina» era y es para muchos de sus moradores o nacidos en él - entre los que, si se me permite, me incluyo- un honroso blasón de marcado sentido de adscripción grupal en la tradición local capitalina. Sentimiento compartido por otros barrios históricos.

Pues bien, en medio de tan prototípica panorámica general «a la leonesa» y con «oídos sordos» a la misma, varias fueron las particulares ideas de Don José para salvar la ocasión. Así, con el soporte logístico y humano de «los monaguillos» y de los integrantes de los grupos de jóvenes parroquiales, el también controvertido clérigo de sotana diseñó un sencillo conjunto de actos alrededor de la vespertina Misa Mayor del sábado. Actos que, finalmente y de modo casi súbito para esa edición festiva, verían su materialización a través de un flamante, sorprendente y esperado programa de fiestas, a la par que breve. Eso sí, por supuesto, carente en sus contenidos de baile y de otros inevitables actos tradicionales «sospechosos de promover agresiones a la moral y faltas de recato». Trasnochados argumentos para hoy que entonces «pesaban mucho».

Para hacer realidad dicho programa festivo varios entusiasmados adolescentes parroquiales editamos un naif programa de fiestas. Artesanal en su factura a multicopista, resultó de edición más que correcta gracias a la impagable colaboración de los PP. Agustinos y en concreto a la paciencia del entonces joven y montañero P. Isaac Insunza. Se presentaba dotado de escasa publicidad y en formato a tamaño folio, a una tinta sobre hojas de colores, que le aportaban variedad. El «programa azul», sorprendió a los parroquianos y se repartió por todos sus domicilios para, como era costumbre, obtener las oportunas propinas paliativas del gasto. Su contenido se desglosaba enfocado a recuperar y poner en valor varias tradiciones del barrio, algunas de índole gastronómica y relativas también a festividades de Santa Marina provinciales. Entre ellas el reparto de la apañada y efectiva «limonada leonesa», bien fresquina, y el de «arroz con leche», ofrecido por varias vecinas y típico en algunas mesas como postre del día de Santa Marina. Pero al buen párroco, el conjunto todavía le parecía poco original y no se le ocurrió otra cosa para salir de la rutina que ofrecer a la patrona algo que llamase la atención de todos: un enorme mazapán. Postre argumentado en la usanza de un pueblo de la provincia vinculado en su historia medieval a las posesiones del desaparecido y otrora poderoso Monasterio de Santa Marina, antecesor de esta parroquia.

La simpática novedad y «embolao» del cura retó la capacidad profesional del maestro pastelero Campazas, de San Mamés, gracias a quien ¡cobró vida el mazapán!. Eso sí, no falto de problemillas como la realización del propio molde o los emanados de la responsabilidad que de su buen oficio demandaban el diseño, las dimensiones y un rico resultado. Algo que, por cierto, logró de modo magnífico, pues muchos recordamos todavía su reparto... Parecía incomprensible que la troceada multitud de esponjosos pedazos del enorme dulce - unas mil raciones -, desapareciera en tiempo record.

Conseguida la colosal obra repostera, para dar juego al evento y procurar su difusión, ocurriósele al buen párroco acompañarla de un sonoro y festivo paseo previo a la misa. Así, a modo de sorollesca «procesión de los panes» en los murales de la Hispanic Society de New York, perjeñó el asunto, aunque portando el roscón en parihuela, sin pendones - recuperación que también rondó su iniciativa, pues se conservaba la vara- y sin imagen patronal, ni cruz y ciriales. De tal guisa, en una soleada tarde de julio, cobró realidad el planteamiento acompañado con los machacones sones del reclamo heráldico de una improvisada y voluntaria banda de cornetas y tambores. Integrada por componentes y excomponentes de la Banda de Minerva oriundos del barrio, con instrumentos cedidos por su entonces seise, el inolvidable «Oscarín Trobajo».

Durante el cortejo por las calles próximas a la parroquia, el enorme presente resultó acompañado inesperada y espontáneamente por algunos vecinos. A título de anécdota, varios vecinos, desorientados por la novedad, la falta de propaganda y ante la ausencia de cruz y ciriales, recibieron el evento como si de un festivo e idolatra acto pagano de exaltación popular del gran «roscón» se tratase y no como improvisada presentación de ofrenda para su oportuna bendición en la misa posterior, tal y como pretendía el inocente D. José María. Eso sí, previa también a su cristiano reparto siguiendo el criterio de «cucharón y paso atrás».

No resulta extraño que, ante tan excepcional e inesperado acontecimiento, en un barrio castizo como éste, la ironía popular no se hiciera esperar, surgiendo el chascarrillo de modo espontáneo. Así y derivado de las detalladas explicaciones numéricas a propósito de los ingredientes del enorme roscón, por las que el honrado pastelero indicaba que tenía más de dos mil huevos, se generó aquello de que Santa Marina era «el barrio que tenía más huevos-¦ para hacer y procesionar un mazapán».

La participación vecinal y los comentarios que los mayores nos hacían, dieron pie a que el año siguiente los mozos formásemos una comisión y rehiciéramos la fiesta ya con todas sus peculiaridades tradicionales naturales, incluido el novedoso mazapán -¦ «de los huevos». Un roscón que no dejó de traer p olémica pues el buen párroco, un año más tarde y debido a nuestra inclusión del baile, no accedió a dejarnos «sus» moldes a los mozos para su elaboración ni a celebrar la misa.

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