Maldito ciber-castillo
Tribuna | Ilia Galán
escritora
Tuvo la extraña ocurrencia de perder la tarjeta de crédito en Nueva York, pues un hombre destarjetado es en las más ricas naciones un paria, un sin patria, un no-hombre, como quien pierde el documento de identidad. Los papeles, la burocracia, los controles del estado, eso es lo que importa. ¿Las personas? Una romántica idea del pasado. ¿Un bebé recién nacido? No lo es hasta que los gobiernos lo han catalogado, como a un insecto un entomólogo le clava el alfiler y lo mete en la caja donde se define su relación con los otros. Era domingo, estaba cerrado el banco. Había que llamar a las oficinas. Allí empezó su penitencia. Sus compañeros le animaron a hacerlo, había pecado, porque era financieramente un indocumentado. Una máquina con muchas opciones conectaba con otras opciones y otra voz mecánica llevaba a una nueva, y así durante largos minutos, durante media hora, perdido en un laberinto de opciones, y todo para acabar en el departamento equivocado. Volver a empezar y acabar exhausto reclamando el tiempo robado por los estúpidos aparatos. Las empresas ahora no necesitan seres humanos, pues son ciertamente despreciables y cuestan dinero. Luego vio que ese horrendo sistema se había impuesto en todo a su alrededor, en la residencia, en la sala de lavado de ropa, en el mantenimiento de sus aposentos. Mejor es que los clientes sufran un poco, unas horas, para entender el laberinto en el que nos adentramos. Cuando Kafka pensó el castillo, su novela consideraba el absurdo de la vida dentro del absurdo de los gobiernos, del intento de control por medio de una desesperante burocracia. A Hitler, al parecer, le hacían mucha gracia los chistes sobre burócratas, pues eran los únicos que frenaban realmente su infecto poder, y así se vengaba de su propio sistema de control y opresión. El perdedor de tarjetas fue luego con sus compañeros a la universidad donde estaban acogidos y les dieron los códigos y tarjetas, los sistemas para trabajar por internet. Varias horas después, seguían sin funcionar. Su inmensa complicación se debía a un intento de controlar nuestra seguridad. Algunos preferimos la vida insegura, pues tenemos claro que son peores ciertos controles a los supuestos riesgos que nos amenazan. Pero sólo estaba empezando la pesadilla. Anechka, una compañera ukraniana, sufrió la peor parte. Visitó durante varias semanas a los expertos informáticos una vez pasados varios laberintos de máquinas y departamentos donde nadie se hacía cargo de nada, pues correspondía a otro que no se sabía dónde estaba. Semanas después de acudir varios brujos digitales en los más recónditos departamentos, pues así no podían esconderse detrás de programas de voz o teléfonos con palabras automáticas, descubrieron que toda esa complicación se debía al intento de EEUU para controlar las descargas ideales, las copias que todo el mundo hace de músicas, cine y programas. El resultado, un infierno de inspecciones que frena cualquier investigación y trabajo. Lo mismo que quita las ganas de visitar este grandioso país el número y categoría de documentos y papeles que hay que rellenar para pasar una temporada por aquí. Horas perdiendo tiempo, dinero, para escribir de nuevo el nombre, el pasaporte y cuarenta mil estupideces una vez y otra. ¿No controlan la red, no tienen ordenadores? No, es evidente que no. Por eso lo hacen. Pero un ejército de burócratas va hundiendo la capacidad de reacción del país con sus ideas grotescas. Si esto pasa en EE.UU., merece la pena estar atentos, porque si los demás países le siguen en esa locura se hundirán también en la miseria. El mundo pirata parece así mucho mejor que el imperio, sus cibermazmorras y sus máquinas parlantes.
El infierno no debe ser muy diferente. Menos mal que luego también hay maravillas y gente maravillosa, sonrisas, pero fuera, en las calles, donde los gobiernos todavía no han regulado todos los comportamientos y no dicen cómo hemos de sentarnos o no, para nuestra seguridad. Pero cualquier día se le ocurre a alguien regularnos las posiciones del sueño, vigilados por una cámara conectada con el ordenador, por nuestra seguridad.