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León

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En blanco | javier tomé

T Tierra de conquistadores como el expeditivo Pizarro, el pueblo cacereño de Trujillo bien puede ser el lugar con más monumentos por metro cuadrado que existe en España. Una malla de palacios, templos y casonas solariegas envueltas en un halo histórico jalonan el casco urbano de esta ciudad que presenta un perfil de auténtico ensueño. Y muy peculiar en cuanto a su paisanaje, especialmente dotado a la hora de motejar al vecino de enfrente. Así conviven los Patuleque con los Gambero, y los Mateínos con los Mandilo, así llamados dado que la patriarca familiar, María la Mandila, solía llevar en dicha prenda femenina, a modo de pistolas, un par de botellas de coñac. Entre la avifauna bautizada como «de la teta negra» a causa de sus veleidades destacan Paco Satanás, Antonio Cobretti, especialista en saltar a la pista desde el segundo piso de la discoteca, o el gran Nanino el Ruso, avezado catador de cualquier bebida macerada en alcohol.

Junto a semejante elenco de primores convive un plantel de ciudadanos de tanto provecho como don Vicente Cardoso, adiestrador de perros, o el torero Taponero, cuyo peculiar método de entrenamiento consiste en ir saltando en cuclillas, a lo rana, desde la plaza Mayor hasta el castillo. El Cossío afirma a propósito del diestro trujillano: «Tomó la alternativa injustificadamente. Naturalmente, jamás volvió a torear». Punto y aparte merece Alfonsito Toribio, considerado el gran filósofo local debido a frases de tanta enjundia como «vergüenza es robar y que te pillen» o «cuando hay guerra, cualquier agujero se convierte en trinchera». Pero el ingenio de este intelectual apodado «el Tres Vueltas» por su parecido a Travolta se dispara en los temas amorosos, el Trujillo in love. Ahí surgen su «un vuelta y vuelta» para hablar del acto sexual, también definido como «subí a la Voladora y así hasta que se me acabaron las fichas». Adoro Trujillo.

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