En la montaña el fin no justifica los medios
Tribuna | alejandro miñueco
El pa sado mes de junio, tuve oportunidad de ejercer de anfitrión de un grupo de amigos y sus familias, viejos conocidos de los años de Universidad, procedentes de lugares como Madrid, Barcelona o Zaragoza, les propuse conocer la emblemática y desconocida Ruta de los Pantanos, un plan magnífico, la alfombra de escobas y piornos en plena floración, con su contraste cromático de amarillos tonos frente al vivo color verde de prados y montes, con el azul de los embal ses a rebosar en un estupendo día soleado reflejándose las últimas nieves de las cumbres más altas, desayunando en Velilla del Río Carrión, comiendo a medio camino, y terminando el día en Cervera de Pisuerga, un plan estupendo para sorprender a cualquiera que no conozca nuestra montaña.
Cuál sería mi sorpresa y bochorno, al poco de empezar la ruta, cuando al doblar una curva antes de Cardaño me encuentro con una serie de grotescas pintadas que salpican el camino por doquier, en señales, muros, paredes, árboles... repletas de faltas de ortografía, con insultos, amenazas... no me lo podía creer, sin pretender establecer odiosas comparaciones, lo cierto es que me hubiera esperado esto en cualquier lugar menos aquí, siempre he presumido de la educación de los montañeses, de nuestra hospitalidad, afán de complacer al foráneo... mi vergüenza competía con la rabia.
Zafios mensajes garabateados en los rincones más insospechados... exigiendo con muy malos modos, que, o se construía una estación de esquí en San Glorio, o se mataba al oso, (literal) o ese otro que daba a elegir al sorprendido lector entre «el esquí («sky» habían escrito los muy analfabetos) o fuego», «sanglorio YA» estaba escrito sobre la corteza de un orondo chopo, sin culpa alguna él para ser objeto de semejante baño de pintura azul... todas ellas en medio de unos hermosos parajes solitarios, que reforzaban mi indignación y sentimiento de vergüenza por la imagen cerril, pueblerina y tercermundista que se habían empeñado en dar una serie de elementos, que decían hablar en nombre de unos montañeses, dentro de los cuales a mí desde luego, no me deberían incluir bajo ningún concepto.
La cosa no quedó aquí, ya que, a la vuelta, no pude por menos por menos que parar a preguntar en Velilla, que luce una enorme pancarta con las mismas frases que había visto reproducidas en las pintadas de la ruta, ante mi suspicacia y frente a mis insistentes preguntas acerca del sin sentido de semejante salvajada a un pequeño grupo de jóvenes apostados en la salida del pueblo, su respuesta entre risas, fue la siguiente «si no te gusta, ya sabes por dónde tienes la salida del pueblo». Hasta ese día, yo también creía que era posible proyectar entre todos un modelo de desarrollo basado en el esquí, perfectamente compatible con el patrimonio que hemos sabido preservar como reclamo diferencial, sin embargo, tonto de mí, he tardado demasiado en comprender que esta quimera se ha convertido en un mero mensaje publicitario, carente de contenido, en definitiva, falso. Si ni siquiera las nuevas generaciones de montañeses, responsables del futuro de sus hijos, creen en ello, ¿cómo vamos a exigir a la clase política que lo cumpla? Frente al compromiso, a los valores, a la lucha por la defensa de un futuro, se ha impuesto el todo vale a cualquier precio, el fin que justifica los medios. Yo no puedo estar de acuerdo con ello, porque los medios también son fundamentales. Y si para desbloquear un proyecto es necesario emprender reformas legales, adelante, pero si tras esas modificaciones, lo único que se oculta es un artero afán por evadir una exigencia de mínimos, conmigo no cuenten señores políticos.
Deseo un futuro próspero para mis hijos y nietos en nuestra montaña, pero nunca a cualquier precio, de lo contrario lo único que estaríamos haciendo sería hipotecar nuestra ética, porque si hoy legitimamos unos medios deshonestos e inmorales para San Glorio, mañana no podremos protestar frente a esos mismos medios empleados para la obtención de otro fin que no nos resulte conveniente. El mensaje que subyace en las estúpidas pintadas que han motivado este diserto, es el mismo que el que estamos transmitiendo a la sociedad, el fin, si es el mío, justifica los medios.