La sombra de Sebastián
Al margen | Carlos Carnicero
H ubo una época en la que los partidos funcionaban de acuerdo a la voluntad de sus militantes; luego llego el «cesarismo» cómo fórmula personal de ejercicio del poder. Y se manifiesta más claramente allí donde es determinante la constitución de las élites: en la configuración de las candidaturas que optarán a los puestos institucionales; por un sistema de cooptación, el líder supremo elige a los más afines. Hay precedentes en el PSOE de que además las fórmulas de unción han promovido verdaderos desastres. En las anteriores elecciones autonómicas, el presidente del Gobierno se sacó de la chistera a su asesor económico, Miguel Sebastián, frente al aparato del partido en Madrid, que como en esta ocasión se enteró de la designación del candidato por la prensa. Sebastián cosechó el peor resultado de la historia electoral del socialismo madrileño y ni siquiera recogió su acta de concejal: se retiro a la vida privada hasta que fue reclamado para ser ministro, en una demostración de que los elegidos sólo se acercan a la política para ejercer el poder. Ministros independientes encabezaron las listas de organizaciones territoriales en las elecciones generales. Todos iniciaron la desbandada cuando fueron cesados de ministros y ninguno de ellos, Bernat Soria, Mariano Bermejo, César Antonio Molina, conservan sus escaños. O ministros o nada. Ahora la historia se repite y el presidente vuelve a decidir personalmente y sin contar con la organización territorial quiénes «son los mejores». Con los precedentes de su gestión en la designación de candidatos, parece muy atrevida la aseveración del presidente. La demoscracia o gobierno demoscópico ha sustituido a la participación de los militantes. El líder máximo observa una encuesta y decide quienes son los candidatos. El partido asiste impasible a la acción despótica de quienes suplantan su voluntad. Ya no hacen falta militantes, porque ni siquiera se pegan carteles. La participación consiste en aplaudir: Nada más.