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León

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Alberti, entre los ángeles

Benjamín Prado se queja en un extraño artículo (Rafael Alberti : a la caza del poeta rojo) de que el autor de Sobre los ángeles «se ha convertido en la jaula donde todos los cazadores van a vaciar sus escopetas». Y establece una larga lista de cazadores en la que me dispensa el honor de incluirme acusándome de dispararle a su defendido dos tiros, «egocéntrico y oportunista», en mi biografia sobre Miguel Hernández: El oficio de poeta. Que me permita ilustrarle sobre «la categoría literaria, civil y humana» del ángel a cuya sombra vivió Prado durante trece años.

Cuando el 27 de abril de 1977 Rafael Alberti regresa a España, tras 38 años de ausencia, viene disfrazado de Rafael Alberti. El entusiasmo que despierta es tal que llegan a veces a arrancarle una reliquia definitoria: «Esa gorra de marinero que suelo llevar». Pero no tarda en reponerla porque no puede prescindir de su disfraz de «marinero en tierra». El fervor multitudinario es agobiante y no tarda en producirle hastío: «Ahora me llaman como a cada momento, para una entrevista. Me aburren casi todas las entrevistas». Y, con cansino acento juanramoniano añade: «Estoy cansado de ser yo».

No es necesario, como vemos, salir de las páginas de La arboleda perdida para sentirse deslumbrado por el egotismo fluorescente de su autor. Alberti excluye ipso facto de su presencia la imagen o el recuerdo de todo aquel que pueda oscurecerle, aunque sea transitoriamente. La simple mención de Federico Garcia Lorca le produce urticaria. Permitasenos el testimonio que sigue.

Alberti había pronunciado una conferencia en Alemania sobre «La lírica popular en la poesía española contemporánea» y había citado a Lorca con una variante que a mí me intrigaba: «Muerto se quedó en la calle / con un balazo en el pecho». «Con un balazo» en vez de «con un puñal» me hacía pensar no en una riña callejera sino en algo tan poco lorquiano como la represión de una manifestación política, por ejemplo. Tuve la ocasión de poder interrogarle personalmente a este respecto. Al oir el nombre de García Lorca, Alberti se dio una rápida media vuelta y me dejó con la palabra en la boca.

Más tarde leí un poema suyo titulado Denuestos y alabanzas rimadas en mi propio honor donde dejó constancia de la irritación que le producía tener que hablar del granadino : «Hábleme usted de Lorca, / de Lorca, Lorca, Lorca, Lorca. / De Federico García Lorca».

En agosto de 1986 no tuvo reparo en declarar ante unos alumnos: «a García Lorca se le ha dado una fama exagerada» y su fusilamenteo «se ha convertido abusivamente en el símbolo de todos los muertos de la guerra civil».

Benjamín Prado califica a Rafael Alberti de «poeta colosal». Tendrá que hacerse a la idea de que críticos y poetas de indiscutible solvencia calificarían su juicio de colosal elogio. Era el caso de Jorge Guillén, por ejemplo, que reunía en grado superlativo ambas calidades. Isabel García Lorca fue alumna suya en los Estados Unidos. Según me contó, solía comenzar su curso sobre el poeta gaditano en los términos siguientes: «Hoy vamos a hablar de un gran poeta menor: Rafael Alberti».

Eutimio Martín. catedrático de la universidad de aix-en-provenCE

Muy mala gestión política

Hace unos meses la Diputación nos anunciaba que tendría que hacer frente a la denuncia interpuesta por empresarios asturianos, por incumplimiento de condiciones pactadas en la venta de terrenos en San Isidro. El importe ascenderá a la nada despreciable cantidad de seis millones de euros. Ahora la Junta de Castilla y León anuncia la apertura de dos expedientes sancionadores por las obras del tranvía. En próximas fechas nos anunciarán la cuantía económica de los mismos. De verdad alguien entiende esto como gestionar. ¿Por qué, cómo y cuando alguién asumirá responsabilidades por su nefasta gestión?

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Escolástico Almarcha. León