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León

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Historias del reino margarita torres

Cuando la lengua mortal del incendio apareció en el horizonte de Arnadelo. Desde que la memoria alcanza, los pueblos leoneses acostumbran a servirse de los distintos toques de campana para advertir del peligro. En esta ocasión fue un anciano, Antonio Blanco, el que avisó a los vecinos de la amenaza. Desde hace casi una semana, los municipios leoneses de Barjas y Oencia sufren en sus carnes las consecuencias de estos anónimos vástagos del animal cornudo con mechón barbado en la quijada que sólo sabe satisfacer y satisfacerse con las cabras. Que con ellas marcha al monte y paga con la naturaleza su frustración. Por el camino, el innoble vecino de Mosteriós que prendió el fuego que amenaza a Arnadelo, se ha llevado más de mil hectáreas.

Un estudio realizado por la Guardia Civil y entregado a la Fiscalía de Medio Ambiente sostiene que el pirómano suele corresponder a este perfil general de tipo trastornado, varón, español, soltero, de 30 a 58 años, que tira de alcohol o drogas y reside o rumia cerca de donde prende el fuego. Suelen actuar solos, regresan al lugar de la hazaña y no presentan otro motivo que el que se escabulle en su mente perversa. No se escapa tampoco su tanto por ciento extranjero, ni menor o mayor de esa franja de edad, ni el que legítimamente casado abandona a la parienta para prender un cigarrito.

Algo tiene el asunto que requiere más de una reflexión. Sobre todo porque suelen ser individuos conocidos en la comunidad los responsables, ya que no cuesta en la mayoría de los casos identificarlos, aunque el miedo siempre impera en los cada vez más desiertos territorios leoneses donde, cuando pasa el agosto a mejor vida, restan los ancianos. Y he aquí, quizás, uno de los problemas, entre los muchos que enturbian este recurrente: ¿qué ocurre después de sofocado el incendio? La parte que corresponde a la valoración de las pérdidas, la estadísticas y las consecuencias medioambientales la conocemos, desafortunadamente, pero, ¿y la humana? ¿Qué les sucede a esos canallas? ¿Y a la comunidad que debe convivir con ellos y sus familias antes, durante, después? Hablamos de un terrorismo ecológico, que siempre conlleva muerte, a veces de personas también. Quien quema una vez se torna reincidente a poco que se lo permita la sociedad. La dureza de las penas, por tanto, debe corresponder a la magnitud del delito, no escudarse en el supuesto trastorno que a todo canalla enmascara. Creo que donde más les dolería pagar sería en el bolsillo, si valorásemos cuánto nos cuesta a los españoles sofocar sus delitos. Que escoten entre los culpables los gastos en su totalidad de la extinción y las consecuencias, que les priven de sus bienes en prenda si no pueden pagarlos, igual que los bancos capturan el botín de los pobres, que purguen en la cárcel largos años si hay fallecidos. Verás cómo se lo piensan dos veces. Llevamos siete meses cumplidos y ya han ardido más de 19.000 hectáreas. El Ministerio de Medio Ambiente habla de una disminución de casi el 80% respecto al mismo periodo del año anterior. Pues mira qué alivio, tú. Que se lo cuenten a los de Barjas y Oencia.

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