Comieron perdices
En blanco | javier tomé
Aquello de «fueron felices y comieron perdices», previo paso por la vicaría y las consiguientes bendiciones pascuales, se hace cada vez más cuesta arriba, debido a la crisis económica que encoge tanto el ánimo como el bolsillo de los incautos contrayentes. La vida no es más que un gran tejido de hábitos y el matrimonio, esa puerta invisible que supuestamente conduce a la felicidad, no tiene en realidad más que dos momentos deliciosos: el primero y el último; lo malo es el tiempo que transcurre entre ellos. Así que ignorantes de que el amor es igual que los columpios, porque empieza siendo diversión y casi siempre acaba dando náuseas, los ilusionados novios acostumbraban a echar el resto para debutar a lo grande en semejante experiencia cataclísmica. Hace apenas una década, un bodorrio como es debido se te ponía por 18.000 euros, pero según cuentan las estadísticas el gasto nupcial ha caído un rotundo 20%. En la actualidad, la emoción sublime de dar el «sí quiero» se ha ajustado las hechuras en cuanto al boato de la celebración, el número de invitados presentes en dicha ejecución pública e incluso con respecto al lustre del blanco y radiante vestido de la novia.
Eso si no ocurren cosas raras, como el medio kilo que ha pagado un salón de bodas de Sevilla a cuenta de la torrija que se metió la madrina, ya que las baldosas del suelo estaban sueltas. En fin; los corazones están hechos para ser rotos y, frente a todas las dificultades, el sector del apareo bendecido sigue igual de boyante, pese a que te introduce de cabeza en una trampa de diabólica precisión. Los defensores del matrimonio, que los hay, aseguran que los casados viven más años que los solteros, aunque otros dicen que nada de eso, lo que pasa es que les resultan más largos. En cualquier caso, y si nos atenemos a las enseñanzas de Oscar Wilde, resulta incontestable que el matrimonio siempre es más llevadero entre tres personas. Amén a eso.