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León

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El rincón | manuel alcántara

Estamos asistiendo, afortunadamente a cierta distancia, a la rebelión de las masas, más bien de los engrudos que se emplean para pegar carteles en los muros de la patria nuestra. La plana mayor del PSOE, en el supuesto de que haya otras que den niveles inferiores, quieren cargarse a Tomás Gómez, que ha tenido la osadía de disputarle el cargo a una persona previamente elegida para ocuparlo. «Ha llegado la hora de que la gente corriente pueda gobernar Madrid», ha dicho el insumiso joven que acaudilla la rebeldía de los esclavos, que en su insolencia creen que ser socialista no se restringe a pegar carteles. Los pegamoides se niegan a aceptar las órdenes de los que dirigen la orquesta, que no tienen ni voz, ni oído ni sentimiento. ¿Cómo aceptar las primarias sin hacer el primo? No hay que arriesgarse a que las llamadas bases opinen. Hasta ahí podíamos llegar. Las órdenes concretas son pegar y no hablar. Al joven Espartaco Gómez le huele el culo a pólvora, pero sigue luchando para defender su derrota. En su ingenuidad política este chico de pueblo se ha creído que podía opinar. ¿Quién le habrá dicho que en los partidos políticos se puede tener voz? Con tener voto basta y sobra. El derecho de los militantes a intervenir en las decisiones de la móvil directiva nunca se pone en cuestión. La democracia interna, en el mejor de los casos, es mediopensionista y si no cumple su papel le echan de las aulas. El señor Gómez está defendiendo su derecho de opinar. Es un tipo del pueblo, pero coincide con el Rey Sol, que le rogó a unos de sus aduladores cortesanos que le llevará la contraria de vez en cuando. «Al objeto de que seamos dos», le dijo. No es el caso actual. Zapatero, José Blanco y Pérez Rubalcaba, que son tres, han dejado clara su preferencia. Nada de intrusos. Los tres han cargado contra el aprendiz de Espartaco. Se teme, si no por su visa, si por su vida política.

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