Hijo de putain
En blanco | javier tomé
Puesto que la función de un periodista es decir a la gente lo que le pasa a otra gente, debemos de echar un vistazo a la dulce Francia, sumida en un marasmo de dichos y contradichos debido a la campaña del presidente Sarkozy en contra de los gitanos. Todos sabemos que resulta conveniente limpiar la casa antes de que lleguen los invitados, pero muchos califican de conducta deshonrosa y un gran saco de demagogia tan severa medida, insólita en un país que siempre ha presumido de recibir con los brazos abiertos a todos los desheredados y perseguidos por cuestiones ideológicas. La xenofobia es un vicio feo pero de gran aceptación popular, por lo que don Nico parece haberse sacado este conejo de la chistera en un intento de revertir el perfil de caída libre que señalan todas las encuestas públicas referidas a su gestión de los resortes del poder. Así que en un intento de demostrar su condición de cristiano viejo, además de su recto y firme juicio, los normalmente cordiales gendarmes se dedican ahora a desmantelar distintos campamentos de gitanos búlgaros y rumanos, cuyos vecinos son remitidos sin más trámites a sus respectivos países de origen en los llamados «vuelos de la vergüenza».
Miles de franceses se han lanzado a las calles para protestar por un disparate totalitario de semejante alcurnia, portando unos carteles en los que se ve a Sarkozy ataviado a lo Louis de Funes bajo el rótulo de «Hijo de putain» o de «Petain», que no se ve demasiado bien, en alusión al general que colaboró con los nazis en la expulsión y posterior exterminio de los judíos galos. El Vaticano se ha puesto como un basilisco ante semejante ataque de notoriedad genocida, según propias palabras eclesiales, e incluso el padre Arthur Hervet, un párroco de la normalmente recatada ciudad de Lille, dice a la prensa que reza a diario para que Nicolás Sarkozy sufra una crisis cardiaca que acabe de una vez la guerra contra los gitanos. ¡Jobar con el curita cañón!