Diario de León
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León

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Irreverencias | c. chamorro

Las sociedades siempre han necesitado ídolos, o héroes. Algunos prefieren ídolos vulgares, zafios, chabacanos, groseros, c omo las princesas sin futuro reino más allá del dinero ganado con el sudor de su lengua. Otros se encuentran de forma inesperada con historias de héroes de nuestro tiempo, como la de Neira y su ninfa (tiene varias acepciones; por favor, consúltense) rescatada de los brazos de su ogro a su pesar. Para algunos el profe se convirtió en último reducto de esperanza e ilusión para no hacerse agnóstico de una sociedad cada vez más irreconocible. Pero las cosas ya no pintaron bien desde el principio, cuando liberada la princesa del dragón escupió a la cara del príncipe salvador para disgusto y sorpresa de propios y extraños. La repugnancia siguió rodeando este cuento de final infeliz cuando una cadena de televisión pagó al hada malvada para que siguiera escupiendo al príncipe, pero esta vez previo pago: obscenidad televisiva.

La historia se fue complicando cuando Clint Eastwood Neira solicitó licencia de armas, con lo que parecía que Harry el sucio iba a tomar el protagonismo de la historia. Cuando tiempo después pillaron al prota con unas copas de menos y unos medicamentos de más, haciendo eses por la carretera, declaró que no había puesto en peligro a nadie, seguramente considerando que nadie iba por el otro carril. La película se siguió torciendo con declaraciones como que «Si no puedes pegarte un revolcón con una señora y, encima, no puedes tomarte un vino, no quiero vivir» y «Pues no me acuesto con Esperanza Aguirre, caramba». Los últimos reductos tienen un doble filo. El bueno es que lo son, el malo es que como se nos esfumen, con ello lo hace parte de nuestra vida. Rick Blaine (Bogart) en la inolvidable Casablanca se despide de Ilsa Lund (Bergman) con el «siempre tendremos París», dando paso a lo correcto en detrimento de lo impulsivo y buscando un último reducto aunque sea en el recuerdo. No sé si haber estado un año en coma y resucitar famoso y héroe justifica los comportamientos de Neira -con los que el príncipe se convirtió en sapo-, dando paso a lo impulsivo en detrimento de lo correcto. Lo que sí sé es que con lo que ha sucedido me robaron París; no sé bien quién es el ladrón, pero me lo robaron. Y me quedé sin héroe. Porque a mi, no me gusta la princesa. Busco el recambio con urgencia. Lo encuentro. Estimado Rick: Aquí, en España, de momento, ojalá siempre, tenemos a Nadal, c on un primer saque invariablemente correcto, nunca impulsivo. Seguro que él no es como la mayor parte de los héroes que, según un escritor francés, son como ciertos cuadros: para estimarlos no hay que mirarlos demasiado cerca.

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