Chuches
En blanco | javier tomé
Con el noble afán de tutelar el bienestar físico y el sentirse estupendo del ciudadano medio autóctono, el aplicado gabinete ministerial sigue dictando una normativa encaminada a transformar el corral patrio en una suerte de Nirvana de andar por casa. Es cierto que los fumadores nos sentimos como ante un ataque de Luis Candelas cuando, al pagar el paquetito de vicio, te aplican más del 300% de impuestos. Pero se trata de una percepción injusta, pues en realidad todo lo hacen por nuestro bien. Y también, dicho sea sin intención de ofender, para contribuir al pago de la numerosa nómina de políticos profesionales, alcaldes, secretarios de corporación, presidentes de patronato y demás familia. Extensa casta remunerada que prolifera en abundancia igual que los conejos silvestres en la antigua Iberia, aunque generadora de nuestro bienestar. Benditos sean.
Dado que la vida es un bocadillo, ya que nunca sabes lo que te va a tocar, las medidas restrictivas llegan ahora a la comida-basura y las simpáticas chuches, erradicadas ambas del ámbito colegial con la loable intención de que los escolares se dediquen a estudiar y no se conviertan en buffets andantes. Algo de razón tienen las beneméritas autoridades, pues el oro de la infancia parece sentir una pasión mórbida por la bollería y demás aditamentos nacidos para su ingestión compulsiva. Durante décadas, la epifanía de lo cotidiano ha ganado en salero gracias a esas regalías que alborotan las pajarillas infantiles. Un fascinante registro de pequeñas maravillas comestibles que, por mor de las circunstancias políticamente correctas, también se ven envueltas en el velo de lo semi-prohibido, o más o menos suprimido, que tanto prolifera en la actualidad. Todo sea, en fin, por lograr que los niños del futuro no tengan pinta de raperos gorditos. Un baldón de deshonor físico al que, lastimosamente, contribuyen las pipas de batalla, las cortezas y otras delicatessen que han forjado nuestra manera de vivir.