LA OPINIÓN DEL LECTOR

Retrato de un violento incandescente

Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Tribuna José luis gavilanes laso

escritor

Rara es la s emana que desde algún lugar de España no nos llegue el horror de un crimen bajo el rótulo de: «Nuevo caso de violencia de género». Uno de los axiomas del poder, la pr opiedad o el dominio sobre algo, persona o cosa, es que quien lo ostenta no está dispuesto a perderlo y lo defiende con uñas y dientes. La revolución sexua» en las sociedades avanzadas, desligadas de ritos, tabúes o dogmas, iniciada ya hace unas cuantas décadas, ha significado un vuelco social y existencial por el cual la hembra ha llegado a equipararse al varón en la mayoría de las facetas de la vida.

Con ello se ha alterado sustancialmente la relación amo-esclavo dominante desde tiempo inmemorial entre varón y hembra, como se rompió mucho antes el derecho de pernada del régimen señorial. En consecuencia, el macho ha ido perdiendo su potestad, su ancestral derecho de dominio y propiedad sobre la hembra, sea pareja, compañera, esposa, mantenida o amante. Pero como el macho no está dispuesto a renunciar a lo que cree que en esencia y existencia le corresponde, cuando entran también en juego otras circunstancias, se producen casos extremos en que el frustrado macho reminiscente pone a la hembra ante el dilema: «O enteramente mía, o cementerio». Preguntado uno de estos resolutivos ciudadanos, a los que la negativa de la hembra a mantener el vínculo le armó de cuchillo para rajarla hasta la muerte, respondió contundente: «La maté porque era mía, y con lo mío hago lo que me da la gana».

Me apoyo a continuación en una novela titulada Relato inmoral, escrita por Wenceslao Fernández Flórez y publicada en 1928, donde en clave de humor negro se satiriza un tipo de esa fauna de lascivia exclusiva y jodida obsesión deformada y monstruosa. Aunque la lacra se escenifica con elementos típicos de una sociedad tan singular como la española, cabe interpretar el hecho como fenómeno universal visto a través de una pareja cuya hembra es objeto criminal de un sujeto con deseos desaforados de propiedad manifestados del modo más extravagante. Este sujeto decide quemar la casa donde habita la hembra que le ha venido dando calabazas al poco tiempo de haberla requerido de amores. Pero se interpone en su camino un inoportuno defensor de la hembra que, a la manera del profesor Jesús Neira pero con mayor fortuna y menos alcohol, impide al encelado pirómano consumar el acto haciéndole desistir por la fuerza.

-”Y ahora, ¿va usted a entregarme a la policía? -”Debiera hacerlo, le responde el providencial interventor- pero le dejaré marchar libremente si me da su palabra de honor de no volver a intentar nada contra esa mujer. A lo que el otro replica con contundencia: -”¡De ninguna manera! Pero, ¿usted qué se ha creído? ¿Qué pensaría la gente de mí? Deje que le explique, por favor. Después de todo, siempre es un alivio para un enamorado confesar su dolor. Le hice el amor a Dolores como el más correcto de los caballeros puede hacérselo a la más pura de las señoritas. Como recompensa, he soportado todo tipo de desplantes, humillaciones, infidelidades, mentiras, engaños, mucha lluvia, frío y mucho sol pelando la pava vigilándola ante su casa. Pasados varios meses, le escribí una carta. No contestó. Y a la tercera recibí en cuatro renglones una rotunda negativa, como que lo nuestro había sido sólo un hecho circunstancial, una aventurilla pasajera. Pero toda la ciudad me había visto seguirla como su sombra. La rechifla era general al verme tan pertinaz en el empeño, y no hay cosa más ridícula que la insistencia inútil. Con importarme mucho, no era eso todo lo que me irritaba. Yo soy un hombre muy hombre, sabe. De mí no se burla nadie y menos una chiquilla, ¿comprende usted? Cuando me convencí de que su repulsa era terminante, me acerqué a ella y le dije lo que todo sujeto bien bragado dice en esos trances: «O mía, o te abraso». -”Pero eso es una jactancia inconcebible, le censuró su interlocutor. A lo que el violento incandescente replica enojado: -”¡No señor! ¡Eso es ser macho, muy macho, que es lo que hay que ser si uno es verdaderamente hombre de la cabeza a los pies! ¡Le digo a usted que no ha nacido todavía la mujer que me trastee! ¡Ser macho, eh ahí lo que hace falta! Si yo dejo que esta mocosa me rechace así, tan tranquilamente, ¡estoy aviado! Ninguna otra volvería a mirarme a la cara... Entonces su interlocutor le interpeló: -”¿De suerte que el machismo de usted no les reconoce a las mujeres el derecho de elegir a su antojo?

-”¡Pues claro que no! ¡A mi me va decir usted cómo hay que tratar a las mujeres!, respondió rotundo el interpelado. Ya le dije a Lolita lo que tenía que decirle, y esperé. A los quince días observé que la rondaba el hijo del alcalde; bastó propinarle un par de sopapos bien dados en la jeta para que agarrase tal pánico que no ha vuelto a inmiscuirse en el asunto. Así haré con todos, le dije a Dolores. Pero ha pasado tanto tiempo sin que ella rectifique su negativa que esto ya pasa de castaño oscuro. No aguanto más y quedo en ridículo si no la mato, como hubiese quedado Enrique VIII si no se hubiese cargado a Ana Bolena -”¿Pero, por qué?, intentó vanamente sacarle de la terquedad su oponente. -”¿Qué, por qué? Porque no quiero seguir siendo un verdadero hazmerreír, ¿pero no lo entiende? Lo sabe todo el mundo. Esa mujer ya no puede ser para otro sino para mí, repito, sólo para mí. El que se acerque a ella sufrirá las consecuencias y ella también -Pero, ¿habráse visto?, usted tiene del amor un concepto selvático y absolutista-¦ -Lo que tengo yo -”le cortó el obseso-” es todo lo que debe tener un hombre que no tenga ninguna tentación de renunciar a su hombría.

Cargando contenidos...

No había nada que hacer. Lo único que se conseguía dilatando la disputa era exacerbar más y más a aquel violento incandescente, quien concluyó de este modo durísimo y amenazador : -”Se acabó la discusión. Y ahora, señor, buenas noches. Manolo es muy macho para dejarse escarnecer y convencer. Puede decírselo a Lolita. La próxima vez no habrá impedimento que me aleje de su vera ni bombero que la salve de la quema. ¡Ella es mía, sólo mía¡ ¡Y, o conmigo, o lumbre! ¡hasta ahí podíamos llegar!