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León

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Crónicas bercianas carlos fidalgo

Leo que la sinestesia es una enfermedad que no tiene cura. Quienes la padecen oyen colo res, ven sonidos y cuando tocan un objeto, estimulan su sentido del gusto. No sé si los sinestésicos son capaces de ver gigantes donde sólo hay molinos de viento. Pero bien podría haber visto Cervantes a uno de esos enfermos incurables cuando tomó la pluma y escribió las aventuras de un hidalgo de los de lanza en astillero, seco de carnes, enjuto de rostro y gran madrugador. La imaginación encendida por los libros de caballería. La realidad y la fantasía mezcladas en una madeja de confusión.

Me entero de que Norma Jeane escribía versos. Y nadie lo sabía. Apuntaba todo lo que pasaba por su cabeza en un cuaderno de tapas negras. Allí escondía sus miedos. Escribía de la soledad y de la angustia. Y a veces miraba en el fondo de sí misma y reconocía que le gustaría estar muerta, ausente, saltar desde el puente de Brooklyn al East River. Si no lo había hecho todavía, escribía en verso libre y con errores de puntuación, era porque aquel viaducto de hierro le parecía hermoso, y el aire que se respiraba allí era limpio, a pesar de los coches que iban como locos.

Escucho la lluvia. Recuerdo a los mineros que hace unos días sacaron a cuarenta y cinco mil personas a la calle en Ponferrada, aporreando el asfalto a los pies del castillo con sus cachavas mientras la luz se iba. A estas alturas de la tarde, estarían completamente empapados. Afortunadamente para sus huesos, la Marcha Negra se ha acabado, la huelga de hambre se ha acabado, y los encerrados han salido a la luz. Pero no estoy seguro de que hayan salvado algo. Hace tiempo que el carbón se suicidó en la economía de mercado y no veo a nadie que se atreva a resucitarlo nacionalizando la minería y acabando de una vez con la rapiña de los empresarios.

Pienso en nuestros políticos. No recuerdo a ninguno que se haya mojado. Están demasiado preocupados por no sacar los pies fuera del tiesto y pisar charcos.

Pienso en Tarsicio Carballo. Seco de carnes. Su enfermedad incurable es el Bierzo y para que nos traigan las autovías, la alta velocidad y las delegaciones ministeriales está dispuesto, dice, a morirse de hambre.

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Mejor vuelvo a Marilyn. Norma Jeane Baker, así se llamaba, nunca se tiró por un puente. Nunca encontró uno lo suficientemente feo. Debía saber que todos los puentes, por mucho hierro que tengan, siempre unen dos orillas y es mejor atravesarlos que arrojarse desde ellos. Y escucho el color rubio de su pelo. Tiene un sabor amargo.