Creer y reír
Al trasluz | eduardo aguirre
El regalo de un tranvía de juguete al concejal socialista Ibán García por parte del canónigo de la Catedral de León, Primo Panera, durante Las Cantaderas sirve para recordar, por si alguien necesita que le refresquen la memoria, no sólo que el catolicismo es compatible con el humor, sino que se trata de un pilar maestro de su doctrina. En España, lo católico ha ido excesivamente asociado al señor de negro que pintaba Mingote y que en el cine encarnaron Sazatornil y López Vázquez, pero la seriedad del catolicismo no debe ser reducida a una forma externa, semblante circunspecto de burgués cejijunto.
Ningún registro de la condición humana queda fuera de lo religioso, sea por identificación o por rechazo. Y la risa, la que se comparte, no la que tiene como intención golpear al otro, forma parte del vocabulario colectivo. Nos hermana. «De momento, la corporación puede entretenerse con este tranvía, porque todos somos niños y luego ya nos haremos mayores», ironizó el canónigo, demostrando estar al día de las noticias terrenales. El Ayuntamiento les regaló carbón, «para que se calienten, no porque hayan sido malos», puntualizó el concejal.
En política no abunda el humor, aunque muchas declaraciones nos suenen a cachondeo; prolifera el sarcasmo, que pertenece a una esfera inferior. Y sí, la religión es compatible con la broma. El gran Chersterton se hubiera desternillado con nuestro foro u oferta. Creer y reír. Los españoles hemos estado muy obsesionados con eso de que el honor es patrimonio del alma; lo es, pero tampoco hay que obcecarse. Asuntos serios haylos, pero no más allá de un puñadín. La última vez que coincidí con don Primo estaba arreglándose la boca. Visto lo visto, sus dientes han acusado el paso del tiempo, pero la lengua la sigue manejando como los ángeles.