Diario de León
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Al trasluz | eduardo aguirre

Tarsicio Carballo ha concluido su huelga de hambre. Dio una rueda de prensa, anunció que su partido -el Partido Regionalista del Bierzo- adelantaba el inicio de la precampaña electoral, esa que él mismo ya había comenzado, y que quedaba abierta una cuenta corriente para quienes deseen colaborar con bonos de cinco euros. Hay que pegar carteles, dar llaveros, imprimir pegatinas. Perder la vida es asumible, pero perder dinero ya es otro cantar, hasta para un anacoreta del bercianismo.

Nos alegramos de que después de 19 días haya dejado de hacerle ascos al botillo, ese manjar de dioses frioleros. Servidor, a la primera tarde sin merendar ya le habría atizado un mordisco caníbal a mi señora. Y no es que uno carezca de ideales, fuerza de voluntad, utopías y demás variantes del quijotismo, pero es que mis estados emocionales se rigen por el primum merendare, deinde philosophari. Me plantean cualquier problema con el estómago vacío y no soy yo; sin embargo, tras haberme zampado un mero montado de chicharrones entiendo hasta la teoría de la relatividad; eso sí, a mí manera. Ahora bien, necesitaría mucho más que unas calorías reparadoras para comprender el victimismo de Carballo, salvo en lo que tiene de voracidad personal de atención. Aplaudo su amor por El Bierzo, pero no comulgo con sus demonizaciones. Tampoco todas las huelgas de hambre son iguales. Gandhi la hizo. Y De Juana Chaos. Y Dinio, el de «la noche me confunde». La vehemencia con la que proclamas tus ideas no da o resta verdad a las mismas, pues dos y dos no son cinco por más que dejemos de ingerir alimentos hasta que se nos dé la razón que no tenemos. Tanto tremendismo me parece histriónico e irresponsable. Supongo que con esos casi siete kilos perdidos habrá ganado casi siete nuevos votos. ¿De eso se trata, no?

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