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León

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Tribuna | José Ángel Arias, Jesús Tascón y Francisco Panero

Hace unos días, tres ciudadanos leoneses enamorados de la naturaleza, después de haber cargado la pila espiritual en el monasterio de los hermanos Agustinos Recoletos (cerca de la Granja), donde se celebró una Eucaristía solemne matutina, nos dispusimos a iniciar la ruta hacia los Ancares o Valle del Silencio, a pasar el día pisando y contemplando las maravillas de esa reserva nacional de enorme riqueza vegetal, animal y mineral.

Hay que decir, que llevábamos en nuestras mentes la buena intención de que, si nos encontráramos sorprendidos con alguna barricada de los mineros, de alguna manera teníamos que enviarles un guiño o gesto en solidaridad, puesto que somos conscientes de que les asiste toda la razón de la actitud que están tomando reclamando la recompensa del sudor que se han dejado bajo tierra y suyo es, animo paisanos que lo conseguiremos.

Todo parecía en calma y seguimos ruta viendo animales domésticos aunque libres en las faldas de las montañas, vacuno, equino, lanar, caprino y otros más salvajes, muchos de estos los veíamos cruzar la calzada a su aire como saludando; estas estampas vivas y el silencioso susurro de los arroyos que como estrechas venas se deslizaban, la pura nieve líquida en los cuales nos refrescamos en varias ocasiones, formaban pequeños afluentes que bajaban de entre las entradas de las rocas buscando el cauce trazado por la naturaleza.

De los uno y medio, el medio veía truchas saltando entre roca y roca de la emoción que sentía unido a la paz; la verdad es que hay que verlo para creerlo, realmente el silencio se oía, en algunos momentos sentíamos la impresión de estar en la entrada del cielo. ¡Se oía y se veía tan cerca!

Recorrida la singladura del asfalto, llegamos a Vega de Espinareda. Visitamos el puerto de Ancares de una altitud de unos 1875 metros, Balouta, Suarbol, Piornedo, Fornela y Balboa, todos estos a cual más bonito, decorados de sus paisajes variados, estampas entrañables, sus caseríos y pallozas de los antiguos palladares aunque hace menos de una década aún los ocupaban gente de hoy, estos, eso si, no vean ustedes aún siendo octogenarios como conocían lo que era un euro-¦

La orografía ancaresa, rayando con Galicia con sus cordillera datan de la Edad Media donde fue escenario de los violentos combates entre leoneses y gallegos, (qué tontería...) disputándose el castillo de Balboa; como dijo un celebre paisano de la localidad de Estébanez que lo oyó contar: «mira que eran tontos; si había Ancares para todos». Bueno anécdotas aparte, que son muchas, consiguen ponerse de acuerdo y firman la paz, y escorcitado el enfrentamiento se inicia la construcción de la Iglesia de Santa María; fue en el siglo XVI sobre otra que ya existía Románica.

De la manera más rudimentaria, sin otros materiales que piedras que van perfilando inteligentemente asentadas e imaginación, sin olvidarse de formas de trapecio unas, y de cola de milano otras. De cómo las medían, cortaban, y tallaban, no se sabe nada pero hay que decir que sin medios, nos superaban en el presente.

Ya entonces Balboa se convirtió en cabecera de comarca de tantos pueblos minifundistas, se observa desde los cuatro puntos cardinales, entre las faldas de distintas montañas donde la imaginación te lleva al recuerdo de parecer puestos para montar un belén navideño.

Sensaciones ya olvidadas y ahora desveladas por la belleza de lo primitivo y sus paisajes naturales, el encanto de sobrevivir muchos inviernos sin poder salir de las pallozas no más de dos metros en dos meses o tres.

Animo a todas las personas amantes de lo natural que no se lo pierdan, es difícil que se encuentre otro lugar tan variado con tantas sorpresas y donde gozar de sensaciones ancestrales, se huele, se palpa, se mastica...

Paralelo a lo ya narrado, destacaríamos con merecido respeto y admiración el afincamiento de la iglesia Monasterio Benedictino restaurado entre los años 1800-“1900. Esta joya pétrea arquitectónica esta entre las primeras destacadas de Castilla y León.

Dos esbeltas torres de fachada divididas cada una en cuatro cuerpos rematados con amplios vanos en el cuerpo superior. La portada, dintelada, sobre ella se encuentra la hornacina que aloja a parte de la talla mineral de su patrón San Andrés, en su parte superior un rosetón de dos metros de diámetro, sobre éste un frontón con pináculos en los ángulos que descansan sobre grandes pilastras rematadas con capiteles jónicos.

Su interior invita e impone respeto, es de una sola nave dividida en seis tramos por pilastras rematada por bóvedas de arista con arcos fajones de medio punto y una capucha ovoidal.

Vemos en el frente un precioso retablo mayor, otros cinco laterales le acompañan con sus respectivos altares, conservando aún el cuadrado de mármol con su correspondientes reliquias de santos o beatos que no hay escrito de ellos. En la sacristía se encuentra una imagen de una virgen que no se sabe bajo qué advocación está. Se conoce que existe -en lo que fue patio y localizado en una de las reformas que se hicieron para dedicarlo al servicio docente hasta el año 1995-, un cementerio, todo perfectamente enlosado, aproximadamente 280 metros cuadrados.

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Concluimos la ruta en Balboa donde pudimos ver el museo-“casa de las gentes; el arte de la naturaleza misma, troncos y raíces retocados por la mano, imaginación y paciencia del hombre hasta conseguir formas de todo tipo, de animales y esculturas humanas hasta dejarlos totalmente perfilados y acabados. El regreso a la capital se desarrolló sin novedad dándole gracias a la Virgen del Camino que sin duda nos acompaño hasta León.