Zapatero regrette
En blanco | javier tomé
Dicen que desde el pasado día 29, fecha de ese gran placer proletario que es la huelga general, y la inesperada victoria del sindicalista Tomás en la pugna familiar socialista por desplazar a doña Esperancita de la presidencia de la Comunidad madrileña, Zapatero ve la vida con otros ojos y ya tiene casi superado el malsano síndrome de Blancanieves, malformación psíquica que convierte en enanos al resto de la humanidad. Aquí en León, como ocurrió en toda España, los trabajadores fueron llamados a movilizarse para denunciar la ley de hierro del mercado y las penalidades que se plantean para llevar a buen fin una contratación laboral como es debido, carencias que se traducen en la desorbitada cifra de cuatro millones y pico de parados. Aunque presumiblemente todos estamos en el mismo barco de buscar lo mejor para los justos, la derechona y sus terminales mediáticas definieron la huelga como una patología social, cuya guinda se encuentra en la vena arrabalera de los piquetes informativos.
Contrariando a propios y extraños, la movilización no resultó un baño de sangre con guillotinas funcionando a todo trapo en Ordoño, ni tampoco el éxito rotundo que cantan los portavoces de la lucha obrera, Méndez y Toxo por más señas. Más bien parecía una pantomima, una componenda que desde luego no va a cambiar nada. Si cabe, ha puesto de manifiesto la desidia institucional de los mandamases de uno y otro bando, culpables todos ellos de olvidar que en época de abundancia hay que pensar en el futuro. La espuma hueca de las vanidades no ha impresionado a los socialistas de Madrid, dispuestos a abofetear a Zapatero mediante una patada en el trasero de la pobre Trinidad Jiménez. Así que pintan bastos para el mustio presidente del Gobierno, al que se le considera amortizado en su puesto. Y no son pocos los que aguardan su regreso a León, dado el entusiasmo local por hacer leña del árbol caído. Aviados estamos.