Diario de León
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La veleta | félix madero

Niego la mayor: hay derechos tan fundamentales como limitados. En favor de la libertad de expresión no cabe todo. Ya sé que aquí los jueces han dado en ensanchar un derecho que, en la exageración, deviene en un vómito verbal en el que se esconden gentes muy valientes difuminadas en la masa; en la masa informe que grita, insulta y emite sonidos propios del pleistoceno.

No entro en si los que pedían la dimisión y otras lindezas -Zapatero muérete ya, decían-, son de extrema derecha. Se puede ser lo que se quiera sin perder la educación y el sentido de la oportunidad. El desfile de la Fiesta Nacional no era el sitio ni el momento para reventar un acto concebido con espíritu integrador. Curiosamente muchos de los que babean con la patria en la boca se cargaron un acto que pretendía poner en valor la patria, a sus servidores y a los que juraron defenderla hasta la muerte. ¿Parece raro, verdad? La libertad de expresión que tan pocas veces invocan las gentes comedidas e inteligentes no puede cobijar a esta concurrencia, y no puede amparar a tipos que enrojecen pidiendo justicia -¿qué justicia?-, y la dimisión de un gobernante que tiene la legitimidad de haber ganado las elecciones dos veces. Sí, es verdad, Zapatero gobierna con medidas impuestas que no estaban en su programa; improvisa y ha perdido la confianza de la mayoría, su aspecto es el de un hombre sobrepasado. Él sabrá hasta dónde quiere alargar su agonía; él sabrá cómo hacer para llegar a 2012 o cómo salir sin hacer daño a su partido.

De momento la masa informe y valiente que insulta y falta tendrá que reparar en que el mejor grito es el que se da en forma de voto, pero, claro está, para eso hace falta creer en la fuerza del voto, que es lo mismo que decir en la fuerza de la democracia. Me temo que por ahí no van las cosas. No, no es un asunto que tenga que ver con la libertad de expresión. Tiene que ver con la educación y con lo mal que llevamos los españoles la democracia, el respeto al otro, la tolerancia a las ideas distintas y al error cuando el que se equivoca no eres tú. Me dicen que los españoles somos así; me cuentan otra vez lo de las dos Españas que hielan el corazón; me hablan del cuadro de Goya en el que dos españoles se dan de garrotazos. Somos así, me dicen; es nuestro carácter, añaden. Me negaba a aceptarlo y por un momento no supe qué decir cuando ayer alguien me explicaba los ingredientes que conforman nuestro temperamento. Después reparé en lo obvio, que este no es nuestro carácter, que es simple y llanamente nuestra falta de carácter. Y de temperamento. Y así nos va.

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