Diario de León
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Fronterizos | miguel a. varela

Circula por este lado del Manzanal una sentencia, atribuida a un empresario venido a menos con instinto digno de Poirot, que sostiene que el dinero y los muertos siempre dejan rastro. Hace unas semanas apareció en los medios una sorprendente información, devorada con escaso eco entre el tráfago cotidiano de las noticias: este mismo mes de octubre, a finales de la primera década del siglo XXI, Alemania ha acabado de pagar la deuda por las compensaciones comprometidas en 1919, tras su derrota en la I Guerra Mundial.

Los vencedores obligaron a Alemania a pagar a los aliados alrededor de 140.000 millones de marcos de oro, una astronómica cantidad que provocó una brutal crisis económica en el país, favoreció la llegada al poder de los nazis y puso la semilla para una segunda y brutal contienda bélica. El economista Keynes fue uno de los grandes críticos con aquella medida y pronosticó que Alemania jamás terminaría de pagar. Se equivocó. Las cosas del dinero son muy serias y Alemania un país de una disciplina extraterrestre a los ojos de un latino. El principal de la deuda se saldó en 1983 y ahora se han liquidado unos intereses, aplazados en su día hasta que Alemania se reunificara.

El relato moral de la noticia nos indica que los ciudadanos de la opulenta Alemania contemporánea se han rascado el bolsillo para pagar las deudas del sueño imperial del bisabuelo y subraya, como en la comedia áurea de Tirso, que «no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague». En España, que de deudas sabemos bastante, se está pagando otra con la exhumación de cientos de cadáveres de los miles que aún reposan en las cunetas, provocando lo que debiera ser una acción moral y cívica realizada desde el consenso institucional, un revuelo de tintes dramáticos y cainitas, impropio de un país moderno y normalizado. Alemania ha tardado 91 años en pagar su deuda económica. Me pregunto cuanto tardará España en pagar su deuda moral.

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