EN BLANCO
Ritos funerarios
C asi coincidiendo con el trámite que nos arrastra hasta los cementerios para cumplir con el loable propósito de honrar la memoria de los nuestros, han pasado a mejor vida dos personalidades cuya celebridad se debe a muy diferentes motivos. El fallecimiento de Marcelino Camacho ha provocado una unánime coincidencia entre las distintas fuerzas sociales y políticas a la hora de ensalzar las virtudes que caracterizaron al líder obrero desaparecido. Y también se nos ha ido para siempre el pulpo Paul, auténtico talismán que siempre irá asociado al Campeonato del Mundo de Fútbol logrado por el combinado español en Sudáfrica.
A otro oráculo del balompié, el leonés Pepe Muñiz, corresponde acertar con los pronósticos y vaticinios, tal como evidenció en sus corresponsalías para este periódico publicadas a lo largo del Mundial. Atribulado por el pesar y la enorme responsabilidad que recae ahora sobre su persona, tan sólo acierta a dar el pésame a la familia de Paul, otro de los ritos funerarios asociados a ese asunto de la muerte del que sabemos tan pocas cosas, excepto que se alarga por demasiado tiempo.
Los leoneses del pasado también lograron encontrar un punto satírico en la muerte, esa bastarda que no perdona a nadie. Valga como muestra esta acerada poesía de finales del siglo XIX referida a una dama de escasa virtud. «Aquí yace doña Violante/ que no salía del templo/ pues era sacristán su amante». U otra coplilla centrada en una de esas viudas de armas tomar, empeñada en regir los destinos de su cónyuge en el más allá: «Yace aquí un paciente esposo/ su mujer tanto le amaba/ que no abandonó la tumba/ por miedo a que resucitara». Rituales funerarios que endulzan, con unas gotitas de humor, el momento de la despedida final.