Diario de León

FRONTERIZOS

Un corsario en los páramos

Publicado por
MIGUEL ÁNGEL VARELA
León

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Cuando se escriba la historia del teatro en esta comunidad nuestra, tan deshilachada y pobretona ella, será inevitable dedicar un amplio capítulo a Fernando Urdiales, enérgico y apasionado capitán de una nave corsaria que lleva treinta años de travesía por las parameras de una tierra en la que cuesta un enorme esfuerzo labrar en profundidad las mentes enterradas en el tiempo y la costumbre. Con una tripulación sacrificada hasta extremos que muchos ignoran, enrolada con un convencimiento profundo en un proyecto vital nada cómodo, estos corsarios han ido conquistando pequeñas plazas al imperio de la mendicidad; poniendo su bandera en un puñado de corazones fugitivos de la mentecatez; echando a los tiburones a los mediocres bienpensantes de la corrección que han rodeado su nave con saña tanto a babor como a estribor. Y Urdiales fue dejando, como los piratas de Stevenson, tesoros enterrados y mapas en clave que un puñado de aventureros han ido descubriendo, riquezas que a muchos espectadores les ha posibilitado entender mejor las eternas preguntas: quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos..., qué coño hacemos aquí.

Fernando Urdiales bebió apasionadamente (perdonen la redundancia: beber desapasionadamente no es beber, es sobrevivir) de las fuentes teatrales más lúcidas del siglo XX, pero también aprendió a tiempo que de nada servía ese alimento sin el conocimiento de nuestros clásicos, tan ligeramente despreciados desde prejuicios intelectuales, políticos o lingüísticos. Cuando viró el rumbo hacia esa nueva isla apenas explorada, pocos entendieron la trascendencia de aquella decisión. La miopía de muchos, anclada en un sistema dogmático y escasamente creativo, se transformó en asombro cuando comprobaron que aquel viraje estaba produciendo los mejores montajes teatrales generados en la historia escénica de esta comunidad. Y así, en «Coplas por la muerte» fue capaz de estremecernos con la contemporaneidad de unos textos centenarios, en «Celama» transformó el escenario en un espejo en el que nuestro decadente pueblo se vio reflejado a su pesar y en «La barraca de Colón» montó un musical satírico en el que temblaron todas las grandezas oficiales de nuestra heroica historiografía. Con la autoridad que sólo un ateo puede alcanzar en materia de fe, quedó con ganas de explorar mejor las posibilidades de los autos sacrame ntales, en los que encontró caminos dramáticos rabiosamente actuales.

Si los piratas del cine se adornaban con sus cicatrices de mil abordajes y sus muñones metálicos, Urdiales, corsario de los páramos, usó un hígado prestado para prolongar unos años más su fructífera tarea, cuyos ecos van a seguir sonando por nuestros valles y mesetas.

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