León

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Antes, a un José le podías llamar Pepiño hasta que hacía el Servicio Militar, a partir de ahí ya era abusar del diminutivo. No sé si el ministro de Fomento fue quinto, pero tiene derecho a ser citado con el debido respeto y sin retintín. Así se lo ha reclamado al PP la dirigente socialista Elena Valenciano, en un comunicado. Y tiene razón. En esta columna también he caído alguna vez en tan nefasto compadreo con quien nunca me he comido un pulpo con cachelos y, por tanto, no tengo derecho a tales confianzas. El Pepiño, como el catalán de Aznar, ha de quedar reservado para la intimidad. No se ha reclamado que se le ponga siempre delante el exce lentísimo, sino que no se utilice un apelativo cariñoso para ningunearle, a él y a una labor ministerial. Lo entiendo. ¿Acaso yo mismo no escribía hace una semanas que sólo hay dos personas en el m undo a quienes permito llamarme Eduardín, sin retarlas a duelo?

Como todos los periodistas de la ciudad me tuteo con el señor alcalde, pero jamás le he llamado en estas líneas Paco o Pacofer, menos aún Raquetas; ni siquiera he utilizado nunca el tuteo, con él ni con nadie, en una rueda de prensa. El respeto en el tratamiento no es mero formulismo. En su día, Rodríguez de Francisco se quejó de que le llamáramos «Pelines», y también le asistía la razón, incluso en su caso, que siempre se ha caracterizado por llamarle de todo a los demás. También se ha abusado del «Papes» a Rodríguez Zapatero. Recuerdo que una lectora protestó porque en una columna llamé Marito a Mario Amilivia. Cuando se molesta, lo mejor es pedir disculpas, a no ser que la intención fuese esa: molestar. Hay quienes a Chamorro le llaman Chamorrín. Supongo que a él no le importará, pero agradecerá que se utilice fuera del horario de oficina. Los españoles somos proclives al cachondeiño, y al ¿no querías arroz? pues dos tazas. A partir de ahora habrá quien disfrute llamando Pepiño a don José, como hay quienes han empezado a fumar solo por darse el gusto de hacerlo en espacios donde está prohibido hacerlo. Tal vez ha sido una ingenuidad protestar, y hubiera sido más sen sato sufrirlo en silencio, como las hemorroides. Ay, señor, señor, qué país. Feliz año, lector, con amor, humor y milagro.

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