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PEDRO VICENTE
León

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Nadie puede negarle al Partido Popular su derecho a pedir elecciones generales anticipadas. Aunque hay quien estima que un adelanto electoral generaría una inestabilidad muy contraproducente en la situación de cerco en la que nos encontramos ante los mercados, no cabe duda de que dicha petición tiene su fundamento. Soy de los que pienso que los propios socialistas deberían haberse planteado si esa no hubiera sido la opción más digna y consecuente antes de asumir unas reformas de corte antisocial en abierta colisión con su ideario y con el programa electoral con el que llegaron al gobierno.

Lo que sí se le puede reprochar al PP es que se desgañite pidiendo elecciones sin activar el mecanismo constitucional que tiene a su alcance para derribar democráticamente al gobierno, que no es otro que el de la presentación de una moción de censura. Y mientras no utilice esa prerrogativa -que por otro lado nos permitiría conocer cuál es su programa de gobierno alternativo- lo que no resulta de recibo es cuestionar la legitimidad democrática del gobierno Zapatero. Una cosa es que al PP el gobierno socialista le parezca una autentica calamidad, razón de más para promover su censura, y otra muy diferente poner en entredicho su legitimidad, que es incuestionable.

Así las cosas, a falta de elecciones generales anticipadas, las autonómicas y municipales del 22 de mayo van a trocar, no ya en una especie de «primarias» de aquellas, sino en una suerte de plebiscito sobre la gestión del gobierno Zapatero y, si me apuran, sobre la propia figura de Zapatero. Si esto va a ser así en el conjunto de España, no les cuento ya en el caso de León, sobre todo en la capital. Daría exactamente igual que, en lugar del actual alcalde, el candidato del PSOE fuera cualquier otro. El voto socialista no se va a decidir en función de la gestión de Francisco Fernández, sino por el grado de adhesión que siga concitando Zapatero.

Lo anterior obviamente no es aplicable al PP, en cuyos resultados sí puede influir la personalidad y el prestigio de su candidato a la Alcaldía. Primero porque, salvo en casos excepcionales como el derivado del paisanaje del presidente del Gobierno, en las elecciones municipales el tirón personal del candidato siempre cuenta. A ello hay que añadir la circunstancia de que en León el PP va a tener competencia electoral en el mismo espectro ideológico, donde habrá otras opciones desplegando las redes en el mismo caladero de votos. Ignoro si en la designación de su candidato a la alcaldía el PP está contemplando dicha circunstancia, así como otra aún más decisiva: Un escenario postelectoral en el que ningún partido obtenga mayoría absoluta y el signo de la Alcaldía quede a expensas de lo que determinen las minorías.

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