Diario de León

LA ESPUMA DE LOS DÍAS | JOSÉ LUIS SUÁREZ ROCA

Dos rostros, dos paisajes

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josé l. suárez roca
León

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E l paisaje de Isabel Carrasco y el paisaje de Francisco Fernández. Porque el rostro humano puede ser visto como un paisaje. «Tiene cara de primavera», decimos del iluso que pone o lleva un rostro salpicado de ingenuas margaritas de abril. «Es triste, pero hay gente que ya no vota a un partido o a un programa, sino a un rostro». Isabel y Francisco, como héroes de nuestro tiempo que son, tienen más de mil caras: rostros que fraguan geografías que podrían revelar la psicología más íntima, la difusa ideología que les ampara y amenaza. ¿Qué paisaje encarnan cuando posan mirando hacia el vacío?

El rostro de la presidenta de la Diputación es un paisaje rural y estival, un paisaje de páramo leonés abrasándose bajo un sol rojísimo de agosto. Acuarela de atardecer campestre en que relumbra la mies amarillenta, recién cosechada, y una soberbia abubilla alzando el vuelo contra los pliegues cárdenos del sur... No es exactamente un paisaje noventayochista, a pesar de la falta de agua y la sobriedad y rigidez moral que inspira. Al fondo se vislumbran dos chopos y lo que podría ser una pareja de bueyes prerrománicos. Paisaje de católica laboriosidad pero despojado ya de toda mística, es el paisaje rugoso de Isabel Carrasco un retoño del perenne optimismo regeneracionista, de la especie que ensoñaban, a su paso por el Reino de León, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala y todas aquellas glorias republicanas que se morían por imponer la geología españolista. Porque si se lo contempla con perspectiva patriótica, evoca su horizonte la redención hídrica, ag rícola y forestal de las duras soledades leonesas. De modo que el de Isabel es un paisaje idóneo para ser cantado con ritmos del vate bañezano Antonio Colinas.

El rostro del alcalde de León es un paisaje urbano y primaveral, aunque sin rosas. Un paisaje de antiguo barrio menestral leonés, con vistas a las nobles cumbres calcáreas de la cordillera. Óleo sobre lienzo con dos raquíticas urracas sobrevolando la chimenea de una fábrica en ruinas, y en el ángulo opuesto una modernísima granja de pollos aborígenes. Es el de Paco Fernández un paisaje cuyas arterias y encrucijadas adquirirían cierto relieve estético si se las contemplase desde un aeroplano. Y sin embargo esa capa grisácea, como una lluvia de carámbanos derramándose sobre su margen superior, le otorga un talante de paisaje armónico modelado por los reformistas del krausismo. La placita de jubilados sin asfaltar que se asoma por el oeste con el ceño fruncido se la ve apesadumbrada, como si le faltase un tranvía o tuviese al lado una cancha de tenis demasiado grande. Parece el de Francisco un paisaje que se hubiera quedado prendido en los versos del Blues castellano de Anto nio Gamoneda.

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