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ERNESTO ESCAPA
León

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D e todas las opciones disponibles para arreglar el destrozo en las entidades de ahorro, la vice Salgado, de acuerdo con las preferencias del locuaz y en esto s momentos callado gobernador del Banco de España, ha elegido su liquidación acelerada, abriendo un trámite semestral que concluirá con el enemigo en casa. Es decir, con su entrega como saldo a los bancos. Lo más irritante en esta película es comprobar la docilidad de los representantes del interés general en el gobierno de las Cajas, que acatan el aviso con la misma reverencia que aplicarían a una señal del más allá. No importa el daño irreversible a la labor social de las Cajas (ya hecho, en buena medida), ni la liquidación de su presencia en el medio rural, donde las oficinas de las entidades de ahorro todavía cumplen una labor asistencial imprescindible.

Qué más les da si ellos disponen de todos los artilugios del universo virtual. Así que se apunten a la banca electrónica los paisanos de Carrocera o de Truchas, que es su problema. Pero no debieran olvidar consejeros y ejecutivos de las Cajas, y ahora menos que nunca, la responsabilidad que les toca en el desaguisado. Recibieron de la sociedad unas entidades centenarias, que tenían un negocio saludable orientado a la recogida de ahorro y a la concesión de crédito para familias y tenderos (luego, autónomos y pequeñas o medianas empresas), y deslumbrados por el alicatado de su nuevo rango las empeñaron hasta ponerlas en riesgo con la aventura de la expansión y del ladrillo. En ese viaje insensato, el locuaz gobernador del Banco de España, que lleva años opinando de todo, desde el coste de los despidos, el fichaje de Ronaldo o la rebaja de salarios (excepto el suyo, de 165.000 euros anuales), miró para otro lado, olvidando su función supervisora. Tanto fue el desentendimiento que hasta de Europa le dieron un toque.

Mientras, los pardillos situados en el gobierno de las Cajas seguían endeudando a las entidades más y más para que la bola de Bartola engordara hasta reventar. Pero no lo hacían gratis. Dietas, baúles de ibéricos en Navidad y jugosas bicocas, como pisos de lujo a precio de saldo y en condiciones hipotecarias que ni usted ni yo podríamos imaginar. Los más pispos incluso se han arreglado el futuro. ¿Cómo no iban a apoyar el delirio expansivo, si viajaban gratis total con la parentela a celebrar reuniones en Nueva York o en casa Dios? Lo que hiciera falta. Llegados a este punto, en vez de inmolarse con dignidad en la pira del escarnio público, se dedican a buscar culpables en el extrarradio. Y se pelean con fruición por simular avíos y parecer más pesimistas que el vecino a la hora de proponer soluciones. Como si a estas alturas de la pesadilla les quedara algún crédito.

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