Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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E sto no parece que vaya a terminar como «Casablanca», es decir, siendo el inicio de una gran amistad. Matías Llorente, viceportavoz del PSOE en la Diputación de León, afirma que la presidenta exclamó refiriéndose a él: «menudo hijo de puta es ese tío». Él lo asegura y ella lo niega. No hubo testigos. En declaraciones posteriores, estas ya con luz y taquígrafos, ha calificado a Isabel Carrasco de «comadreja y alimaña», que tampoco es que sea lírica juanramoniana. En el siglo XIX, la discrepancia se habría resuelto con un duelo; en el XX hemos sido más de solventarlo en tribunales; ahora, en el XXI, como consecuencia del abuso del improperio en los programas de cotilleo, ciertas palabras han perdido prácticamente su capacidad belicosa, y parece que la tendencia última es retarse a un combate de Pressing Catch; en provincias la moda aún no ha llegado, pero no tardará.

Todo insulto es un fallo del autocontrol, pero también puede tener ciertos atenuantes. No es lo mismo la afrenta que irrumpe espontánea, tal erupción del Krakatoa, como consecuencia del acaloramiento en un debate, donde terminan finalmente fallando los nervios, que aquella otra que se trae ya preparada de casa, como unos deberes. Las dos son condenables, pero me resulta más fácil disculpar la primera. Por cierto, también se insulta con la mirada. Y con el silencio.

Guada ha llamado «indeseable» a Carrasco. Oscar López calificó recientemente de «cobarde» a Juan Vicente Herrera. Zapatero dijo de Merkel que era una «fracasada». Y el propio presidente del Gobierno es objeto de insultos que caen directamente en el ataque personal. Cristiano Ronaldo soltó con soberbia chulería a Pandiani en su reciente enganchada en el campo: «¿Cómo te llamas y cuánto ganas?». En fin, no tengo tiempo ni ganas de consultar la Gran Enciclopedia del Y Tú Más. Ni concedo excesiva importancia a tales salidas de tono, siempre que quienes caen en ellas las reparen con rapidez, sinceridad y nobleza. Todo apunta a que esto no ha hecho nada más que comenzar. Una pena porque en la mayoría de los casos se trata de excelentes personas que no merecen ser insultadas, ni caer ellas mismas en el insulto. Somos un país democrático, pero por domesticar.

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