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MARÍA DOLORES ROJO. ESCRITORA
León

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Esta es la primera vez que después de un largo rato de reflexión he preferido dejar el título del artículo para el final. Posiblemente tal y como vaya surgiendo su contenido me inspire finalmente una breve frase en la que poder resumir la fuerza y la intensidad del tema que aborda. Si de verdad hay algo que importe en la vida de cada cual, por el carácter condicionante que tiene para la persona, es la salud. Ésta, según la OMS, podemos definirla como el estado de completo bienestar físico, mental y social; sin apelar solamente a la ausencia de infecciones o enfermedades más o menos sistémicas, momentáneas, crónicas o degenerativas.

Hoy en día no podemos dejar de relacionar el estado integral de la persona, en relación con su modo de vida, sus emociones o el stress al que se esté sometido, con la predisposición hacia la salud o la enfermedad. Tampoco podemos dejar obviar que el organismo humano es todo uno y que indiscutiblemente en su bienestar están implicados tanto los procesos psicoafectivos como las funciones aparentemente independientes de cada órgano o sistema. A nadie se le escapa la relación que existe entre un mal día en el trabajo y un dolor de cabeza, o la reacción que desencadena una bronca con el cónyuge y los problemas grastointestinales, por poner un ejemplo. Lo que la mente sufre, el cuerpo acusa. No se trata pues de saber, solamente, gestionar eficazmente las emociones para garantizarnos un estado de salud permanente, pero el encauzarlas convenientemente nos encamina a la vivencia de un nivel de satisfacción personal capaz de disponer nuestro organismo en situación de defenderse de mejor forma.

Un sistema de inmunidad prediseñado desde la tranquilidad de poder dominar la ira, el rencor o la agresividad para evitar los devastadores efectos que estos venenos tienen sobre nuestra salud. La frase cotidiana, tan repetida en tiempos pasados, «no te hagas mala sangre», contiene toda una sabiduría popular conocedora de las nefastas consecuencias de tragarnos la rabia rumiando pensamientos negativos, una y otra vez, como respuesta a las frustraciones. La comunicación tiende puentes hacia el bienestar emocional y por tanto nos prepara el terreno de lo saludable. Cada vez nos introducimos más y más en el ostracismo; cada vez nos sentimos más a salvo en la soledad; cada vez entendemos menos que cuando sentimos o experimentamos emociones, positivas o negativas, y no somos capaces de verbalizarlas, no somos capaces de expresarlas con palabras, resulta mucho más difícil poder gestionarlas. Y sin embargo, cuando coincidimos con una persona que sí lo hace, poniendo a nuestra disposición su experiencia para acercarse a nosotros, conectamos inmediatamente sintiéndonos aliviados al reconocernos en lo que tanto nos preocupa. Eso es lo que sucede exactamente cuando sabemos que padecemos una enfermedad. Entonces todo cambia.

La arrogancia, la prepotencia o la banalidad cotidiana con la que nos paseamos a diario entre compañeros y amigos, se transforma. Y lo hace para cambiar la perspectiva y ponerse al lado de los demás y no por encima de ellos. Y lo hace, también, para lograr acercamientos con los que sufren lo mismo y en esa comunicación que de repente se abre como por arte de magia, lograr la sintonía en los afectos de quienes están igual que nosotros. Es en ese momento donde las diferencias se borran porque ellas no aportan nada de lo que uno necesita entonces. La confianza, el sosiego, la aceptación y la ilusión por mejorar es lo único que se precisa. Y todo ello se encuentra solamente en una persona, en el médico que lleva nuestro caso. La medicina no puede ejercerse desde el vademécum solament e, ni desde la necesaria investigación científica, ni tan siquiera desde el conocimiento de las nuevas tecnologías tan útiles como imprescindibles para iniciar el camino de la curación.

Hace falta, sobre todo, conexión con el enfermo, con su mundo, con sus emociones, con las mil y una duda que tiene en el momento del diagnóstico, con sus inseguridades y sobre todo y fundamentalmente, con su miedo. El enfermo no sólo es un número de historial. No debe serlo. Es mucho más. Es una persona humana indefensa absolutamente frente al coloso sobre el que se le sepulta cuando la enfermedad que padecemos es de las consideradas como incurables. Y en ese mar de agrias soledades, de noches sin dormir, de amargas horas cuestionándose como cambiará su vida o cuando finalizará ésta, se aferra desesperadamente a su médico y a cómo le trate éste cada vez que le toca asistir a una consulta. Por ello, su estado de ánimo estará colgado de los ojos del doctor que le atiende, de su amabilidad para con él, de un apretón de manos o de un cariñoso saludo a pesar de la información que deba darle en cada momento. Todo lo que debamos saber, todo aquello a lo que nos debamos someter será mucho más llevadero si contamos con esta cercanía que a ve ces, muchos médicos, parecen olvidar.

No se trata de que el médico actúe como un psicólogo, ante el trauma que supone un diagnóstico de este tipo y las consecuencias del mismo; se trata de que sea humano, algo que no le llevará más tiempo que no serlo. Es una cuestión de actitud, una cuestión de alma. Para el enfermo, su médico cobra una dimensión especial. Es la persona en la que confía plenamente. Es el compañero de viaje que sostiene la maleta para ayudarnos. Es el bastón de mando con el que vamos a hacer frente al desafío de lo desconocido. Es en definitiva, un pequeño dios que los dirige cada día hacia un estado de mejoría que sea posible o no, sentirem os como tal por creer en él.

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Ante esta situación no caben las actitudes despóticas que a veces se producen, posiblemente motivadas por el cansancio ante el elevado número de casos a los que atender o el trepidante ritmo al que se ven sometidos en su trabajo diario. Nadie debe pagar por ello, ni siquiera ellos mismos, pero menos que nadie, el enfermo. Las feroces dosis de miedo que acompañan a quienes sufren una patología de las consideradas degenerativas o autoinmunes empeoran tanto la calidad de vida y el estado emocional del enfermo que solamente por ello debería tratarse conveniente mente, dentro de la praxis destinad a a su curación. Y el mejor modo de combatir ese miedo tan particular como desconocido hasta el momento, tal vez sea, simplemente, una sonrisa o una palabra cercana de aliento y esperanza de su doctor.