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MIGUEL A. GONZÁLEZ RODRÍGUEZ. GERENTE DEL CEL
León

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Estos días se ha hecho frecuente en nuestros medios de comunicación, aprovechando la visita de Merkel a nuestro país, la oferta alemana de puestos de trabajo a jóvenes desempleados españoles que, inmediatamente, han acudido de forma masiva a las oficinas de empleo más próximas a interesarse por las condiciones y características que demandan, y oh desilusión!, se olvidó decir cualificados. Como hace mucho que soy desconfiado por naturaleza, especial mente de las buenas intenciones de cualquier político extranjero o patrio, tengo para mí, al menos en mi fuero interno, allá en el retrete del alma, que esa proposición es indecente (más que la del millón de dólares de Redford): ni filantrópica, ni samaritana, sino más bien responde a una demanda espuria, aunque nos la presenten en paño de organdí. Y me recuerda, por esa curiosa figura de la asociación de ideas, a otras situaciones que se han ido produciendo a lo largo de estos últimos años y que dejan en la boca un retrogusto amargo y cierta desazón en el alma, igual que si se estuviesen riendo delante de nosotros y no entendiésemos el motivo.

España presume de universidad, así, en general, a lo macho. Tenemos más universitarios que en ningún otro país de la UE, que no quiere decir que seamos ni los más listos, ni los más inteligentes ni los más preparados, más bien lo contrario. Pero entre tanta multitud parece lógico que encontremos alguno suficientemente preparado y pocos o muy pocos excelentes (que también se dan, a pesar del sistema). Como nuestra educación es eminentemente pública, un universitario, bueno o malo, desde su más tierna infancia hasta que alcanza la figura de ilustrísima, supone un coste para el estado, vamos para todos los ciudadanos, muy elevado: si, ya sé que en realidad es una inversión -que sí, como la publicidad-, que integra la riqueza nacional de un país porque se supone que revertirá de alguna manera en el conjunto de la sociedad al aplicar esos conocimientos. Pues bien, existen países de nuestro entorno competitivo -pillines ellos-, que al calor de la proclama -muy española, por cierto-, de que eduquen ellos, tienden inocentemente a aprovecharse de nuestra sobreproducción universitaria y adquirir personal altamente cualificado a coste cero. Así, Gran Bretaña, Francia o incluso Portugal, conscientes de lo que cuesta formar un titulado, por ejemplo un médico, prefieren dejar ese esfuerzo para los nuevos ricos allende los Pirineos, y posteriormente tentarles con un sabroso caramelo en forma salarial. Todo está ya inventado, en plena época de la industrialización, allá por el siglo XVIII, los economistas ingleses, siempre vienen del mismo sitio, -¿qué tendrá esa dichosa isla?-, sostenían que los países subdesarrollados debían esforzarse en producir materias primas o alimentos, mientras que los desarrollados (sólo Inglaterra) debían centrarse en los productos manufacturados, los de valor claro. Era la teoría de las ventajas comparativas de David Ricardo. España fabrica los profesionales y luego nosotros les utilizamos. No parece que sea una situación de suma cero, donde las partes se encuentran en equilibrio, al menos no debería serlo.

Lejos de los objetivos de este escrito se encuentra el análisis de las posibles soluciones, ni tengo capacidad para ello, ni espacio material; pero no se me escapa que en un escenario como el actual absolutamente permeable y competitivo, nuest ro sistema educativo falla y nuestro mercado laboral hace aguas, como le pasa a nuestro nunca suficientemente elogiado, sistema sanitario, con el turismo quirúrgico, o a nuestro código de circulación, discriminando nacionales y comunitarios en la retirada de puntos. Y es que nuestros políticos no se podrán quejar, campo tienen para trabajar, ahora hay que buscar las ganas, claro.

Y finalmente la píldora envenenada de Merkel: ingenieros, licenciados, profesionales y además jóvenes y encima con la aquiescencia general. Hace mucho tiempo los españoles emigraban para trabajar sí, desde luego, pero principalmente a aprender, era mano de obra barata, sin preparación pero voluntariosa y responsable. España no tenía capacidad para absorber esa oferta, que se colocaba en otros mercados más dinámicos. El retorno supuso un impulso imprescindible para nuestra economía, porque volvían preparados, como tecnólogos que, entonces sí, podían aplicar sus conocimientos. Total, Europa se beneficiaba de ese contingente y España también. Pero ahora es muy diferente, estamos vendiendo el futuro, a corto plazo, en un nuevo maquillaje estadístico de las listas del paro: primero quitamos varios cientos de miles si cursan algún tipo de formación, luego algunos otros miles más si demandan con alguna especialidad y ahora más mandándoles a otros países, que trabajen allí.

Pero nos estamos deshaciendo de los más brillantes, los más capaces para desarrollar nuestra economía, y nos quedamos con el resto: los que no son competitivos que, para más inri, tendrán que cubrir los pocos puestos cualificados que se demanden, con grandes deficiencias, lo que significa una menor calidad en el producto o servicio y la imposibilidad de competir en el exterior manteniendo un sistema productivo antiguo, obsoleto y absolutamente amortizable, como nuestros políticos.

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El quid de la cuestión no está en que tengan que buscar trabajo fuera -todo el mundo tiene derecho a buscar las mejores oportunidades para su desarrollo personal-, sino que en su país, el gobierno de turno les abandone a su suerte, aceptando resignadamente que no hay trabajo que se ajuste a su perfil porque nuestras demandas son principalmente intensivas en mano de obra y no en conocimiento; y que nuestros competidores no son las economías avanzadas, sino las subdesarrolladas. Y si esto fuera así y si se aceptase, al menos deberíamos darnos cuenta que además de naranjas, limones y coches, exportamos personal, por el que habría que cobrar un precio, que en parte compen se la inversión realizada en su formación. Con lo que estaríamos hablando de devengos de externalidades neg ativas que surgen de la confusión entre público y gratuito de nuestro sistema educativo.