FUEGO AMIGO
Colinas: la palabra esencial
H asta su traslado a Salamanca, donde vive desde hace algunos años, Anton io Colinas ha sido el más mediterráneo de nuestros poetas interiores. Su recorrido vital lo llevó de La Bañeza a Córdoba, de Madrid a Bérgamo, de Ibiza a Salamanca. Esa experiencia va nutriendo una obra que se distingue por su capacidad para fundir diferentes tradiciones culturales con emoción, intensidad y una exquisita expresión formal. Esta semana es noticia porque la editorial Siruela ha reunido en un volumen su Obra poética completa (1967-2008). Desde los poemas juveniles de Junto al lago, a la madurez de El laberinto invisible , que es su libro en marcha.
De la secuencia de su lectura se deduce la enseñanza del equilibrio. Entre la contención clásica y los excesos románticos, entre el sustrato occidental y el deslumbramiento oriental, entre los espacios fundacionales y los horizontes mediterráneos, entre la estética y la ética, entre la cultura y la naturaleza, entre la emoción y la reflexión, entre el pálpito de la intimidad y el temblor del universo. Siempre, desde sus inicios, la poesía de Colinas abrigó la vibración del yo con los ropajes de la cultura. En el panorama de la literatura española, Antonio Colinas, que siempre se mantuvo a una distancia elegante del rumbo gregario de los líricos, fue el primero de su generación en recibir el reconocimiento de los premios nacionales de la Crítica y de Poesía.
Traductor, antólogo y narrador ha cultivado el ensayo creativo, un género en el que combina el destello de los aforismos con las iluminaciones estéticas. Durante años Colinas fue el mejor poeta novísimo, extrañamente excluido de la antología de Castellet, y un leonés periférico, ajeno a las revistas y grupos literarios de la provincia. Sepulcro en Tarquinia (1975) es un título fundamental en la poesía española de la segunda mitad del siglo veinte. Fue Premio de la Crítica junto a la primera novela de Eduardo Mendoza. En este libro Colinas alcanza la fusión de la cultura latina que lo seduce durante su estancia en Italia con la evocación de los vestigios romanos soterrados en los escenarios de su memoria, un territorio que discurre en la vecindad del Órbigo y el Eria.
También supuso el logro profundo y hermoso de la universalización de lo originario. Siete años después, recibió el Premio Nacional de Poesía por el conjunto de su obra, que entonces apenas sumaba seis títulos. Aquellos reconocimientos, que propiciaron una lectura menos superficial de sus versos, sirvieron para despejar el malentendido de su vínculo con los novísimos. La poesía de Colinas se nutre de un sentimiento esencial y no decorativo de la naturaleza, de timbre virgiliano, que lo entronca con el romanticismo europeo y con el pensamiento oriental.