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VICENTE PUEYO
León

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No se habla de otra cosa. Y con razón. Es la noticia-milagro. En el santoral del día 18 está santa Constancia. Pero deberíamos incluir a santa Paciencia, santa Incredulidad... sigan ustedes. Es lo primero que uno escuchó al llegar a León, hace ya seis lustros: «este jodío paso del Crucero, ¿cuándo lo quitarán?». Lo intentó Morano que venía impetuoso de ideas y con una mochila repleta de populismo, pero se dio de bruces con la geología y las máquinas pararon el motor. Y así hasta hoy, hasta mañana, jornada histórica donde las haya para León y, muy en particular, para ese barrio del otro lado del río, que nunca perdió el orgullo de su sangre ferroviaria; aristocracia obrera y luchadora que se vestía de corbata dominguera para cruzar a San Marcos, a La Condesa, a la urbe burguesa y altanera.

Sería injusto y absurdo buscarle las cosquillas a un día que debe ser subrayado con alegría y esperanza pero sí es cierto que, de alguna forma, la eliminación -tan tardía- de ese costurón ciudadano simboliza lo tarde que ha ido llegando León a muchas cosas. En el terreno de las comunicaciones León ha perdido tiempos preciosos sólo recuperados, en parte, muy recientemente. Con el AVE a la vuelta de la esquina se abren, sin duda, expectativas inéditas pero hay otra cara de la moneda que no es tan brillante. El colosal esfuerzo económico realizado en los proyectos de la alta velocidad ferroviaria ha dejado en la cuneta (¿para siempre?) a todo ese otro entramado secundario llamado a ser la savia que vivificara esa España rural que ahora se limita a girar la cabeza al paso del AVE. La España veloz -la que puede pagarse el billete- no se detiene en la España lenta que se sigue desangrando a la espera de mejores tiempos.

Pero no perdamos la línea de optimismo porque hay razones para ello. La supresión de esta ominosa cicatriz y el posterior desarrollo de toda esta amplísima zona es una oportunidad única para dignificar el antiguo barrio que, sin dejar de ser marcadamente obrero, tiene ahora un nuevo y reciente barniz de la mano de su abundante población inmigrante. Una gran ocasión para evitar guetos y practicar del mejor modo eso tan complicado que denominamos 'integración'. Por encima del inevitable lustre electoral que tendrá el acto de mañana, la realidad es que se va a señalar un antes y un después para toda la ciudad. Un después sin barreras del que todos seremos responsables.

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