Zapatero afronta el principio del fin
Consideraciones políticas generales al margen, la decisión de José Luis Rodríguez Zapatero no es ni mucho menos una buena noticia para León, por más que la ilusión por su continuidad no sea ahora, aquí en su tierra y entre su gente, la misma que cuando hace casi siete años accedió a la presidencia del Gobierno. Más que intuida y pese a las incertidumbres desatadas, su marcha era segura. Por muchas razones, entre las que cabe apuntar la debilidad de su liderazgo, el descrédito político, las bofetadas de las encuestas, ciertas presiones dentro del propio partido siempre manifestadas con extrema tibieza y la errática de un Gobierno permanentemente zarandeado por la crisis y de un tiempo a esta parte convertido en lastre para el país. Pero sobre todo se va, es decir, no optará a la reelección, por coherencia personal y política, por sus convicciones claramente expresadas cuando hace casi once años accedió a la secretaría general del PSOE en el sentido de que debería limitarse a ocho años el mandato de un jefe de Gobierno.
Afronta Zapatero su todavía larga despedida y, pese a todas esas circunstancias y a la evidencia de una situación políticamente insostenible que de ninguna manera abriría horizontes a la continuidad, no podrá evitar León, al menos la mayoría de los leoneses, una cierta sensación de orfandad y de desamparo al saber que en las puertas de La Moncloa no va a haber alguien conocido y que en las esferas del poder -”ministerios, secretarías de Estado, direcciones generales, jefaturas de gabinete y de comunicación...-” ya no volverá a operar la conexión leonesa -” mafia leonesa en la expresión más malévola-” que, por ejemplo, ha hecho que esta provincia sea la cuarta por inversión ferroviaria del país, que el AVE esté a punto de llegar, que la integración ferroviaria abducida suponga la transformación urbana más ambiciosa jamás afrontada por la ciudad, incluso que haya exagerado en las expectativas sobre el aeropuerto, que el Inteco convirtiese a la capital en un punto de referencia internacional por el desarrollo informático, que la Ciuden se revele como un insospechado elemento dinamizador de la investigación, la economía, el turismo y el empleo en el Bierzo o que el sureste de la provincia haya absorbido cantidades ingentes de inversión en la modernización de los regadíos y para su adecuación a las exigencias del futuro. Hay cosas en el haber, por supuesto, y algunas promesas incumplidas, sobre todo en el campo de las comunicaciones -”lo más envidente, el retraso en la ejecución de las obras de la autovía León-Valladolid-”, pero sería tan ingrato como injusto negar el compromiso de Zapatero con León, su implicación en las propuestas y la tutela de su desarrollo incluso cuando las cosas han venido mal dadas, porque al presidente se le puede culpar de la gestión de la crisis, pero no de su origen. Y si eso es excusa, ha de serlo para todo y para todos.
Pero tan cierto como eso es que ha conseguido la peor valoración de un presidente en la historia de la democracia y que caben muchos reproches sobre sus silencios y aún más dudas sobre la oportunidad de sus decisiones. Y, sobre todo, que es difícilmente entendible su empeño por mantenerse en pie hasta el final de la legislatura, obsesionado quizá por poner en marcha medidas que con seguridad serán impopulares, aunque seguramente necesarias y sin duda atentatorias contra el ideario con el que ganó las elecciones el día de «no nos falles».
Abierto el debate sucesorio en un partido ahora sin líder y con un presidente del Gobierno cautivo de su propia despedida, cabe preguntarse si Zapatero no comete otro error político al marcar con tanta precisión los tiempos en función de los intereses del PSOE en lugar de precipitar unas elecciones que supusieran un punto de inflexión político y económico. Es apresurado hacer valoraciones y sólo la perspectiva del tiempo le dará o le quitará la razón. Y desvelará las razones.