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León

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H ace ya unos meses que comenzaron las obras para la Restauración de los restos de las murallas situados entre la calle Ruiz de Salazar y el Parque del Cid. Estos vestigios se encontraban en un precario estado de conservación. Eran los supervivientes de la reciente historia constructiva. Su situación era la que lleva aparejada constituirse como límite entre el antiguo Hospital de Beneficencia, que luego sería Cuartel del Ejército, y las edificaciones de la calle Ruiz de Salazar. Esta «espina» de muralla sirvió como muro de separación entre las diferentes propiedades. A lo largo del tiempo las edificaciones anexas fueron ampliando su superficie. Se hicieron nuevas dependencias en el interior de la Muralla, excavando, expoliando sus fábricas y creando incluso espacios de comunicación con el exterior del recinto. Cuando desaparecieron estos edificios quedaron a la vista los restos de las murallas que con algunos intentos de consolidación en el siglo pasado volvieron a servir como límite, esta vez entre la calle y el parque, cuyo extremo recogía el «muñón» del monumento.

Como en el resto de las obras realizadas en la muralla, a partir de la redacción del Plan Director, hicimos un completo estudio de los sistemas constructivos que se emplearon, tanto en su construcción originaria, como en las sucesivas reparaciones y reconstrucciones a lo largo de los siglos. Llegamos a situar los restos de los dos cubos y de las fábricas más antiguas, comprobando que la forma de construir, como era evidente, era la misma que en el resto de los tramos de la muralla que ya conocíamos. Pero, principalmente, lo que quedaba de toda aquella magna obra, era el interior de aquel muro defensivo, el núcleo del mismo. Esos cantos rodados, unidos por muy poca argamasa, amenazaban con venirse abajo como ya ocurriera en al menos dos ocasiones. Toda la cara exterior que contenía ese núcleo había desaparecido. Se había perdido una sección de hasta casi dos metros en alguno de sus puntos. La falta de cohesión entre los materiales que conformaban aquella masa de cal y canto impedía su conservación. No se podía consolidar. Faltaba mucho material. Cada invierno que pasaba, el agua penetraba en su interior y con las bajas temperaturas se convertía en hielo que iba abriendo cada vez mas los restos de aquellos muros. También cada verano, con el fuerte calor de las horas centrales del día, se producían importantes dilataciones en los materiales que provocaban desprendimientos que poco a poco iban minando aquellos restos. Si los «dejábamos así» , a la intemperie, en poco tiempo habrían desaparecido.

Cuando se habla de «restauración» uno piensa en algo muy valioso, en algo que se debe conservar. Imaginen que poseen un violín muy antiguo. Un violín cuya madera se encuentra totalmente apolillada o podrida. No se puede tocar música con él. Si tensaran sus cuerdas se rompería su caja o su mástil. Para solucionar el problema preguntan a un experto restaurador y les comenta que tiene dos opciones. La primera «dejarlo como está», darle un tratamiento y guardarlo en una urna de cristal donde nadie lo pueda tocar. Con el paso del tiempo seguramente el tratamiento perdería su efecto y el violín acabaría por desaparecer. La segunda consistiría en reemplazar algunas de las piezas, realizándolas según las técnicas empleadas por los antiguos «luthiers». Una vez restaurado podría volver a utilizarlo. Con la segunda opción el violín volvería a sonar, a producir música que era el fín para el que se había creado.

En el caso concreto de los restos de la muralla de la calle Ruiz de Salazar y a la vista de la problemática encontrada, hemos optado por consolidar ese «núcleo» completando el volumen original. Hemos colocado en el lugar preciso, esa cara exterior desaparecida, para lo cual hemos utilizado la mismas técnicas constructivas que nos encontramos. También, como los constructores primigenios, hemos utilizado materiales pétreos relativamente próximos y morteros con unas composiciones muy similares a las originales. De la misma forma completamos el núcleo con cal y canto, «por tongadas», según descubrimos en las fábricas históricas. Hemos elegido, con el objeto de que la lectura fuera muy clara a los ojos de cualquier observador, mampuestos (elementos pétreos) de mayor tamaño y de distinta gama cromática que los comunmente utilizados en la construcción de la muralla romana.

Esta idea no es nueva y de hecho es lo que se había intentado hacer en la intervención del siglo pasado. Como homenaje a la misma también se ha completado el volumen del cubo y lo hemos alzado hasta la altura correspondiente a los restos del adarve originales, encontrados durante su limpieza. De esta forma, esta torre, se podría convertir en el único punto de la muralla, desde el cual, cualquier persona podría visitar el monumento libremente. La visión desde allí es imponente. De un golpe de vista vemos la Catedral, el Palacio de los Guzmanes, la Casa de Botines, la Torre de San Isidoro, el Parque del Cid-¦ y las Murallas. Como novedad, destacar que durante las obras, en una de las «dependencias» que se había realizado destruyendo la Muralla, encontramos importantes restos del sistema defensivo de época altoimperial. Tras los trabajos se van a poder contemplar restaurados estos vestigios protegidos convenientemente. Por último decir que el monumento se integra en la ciudad al desaparecer una parte del vallado del Parque del Cid. Se «apoyará» sobre un nuevo pavimento que dibujará las trazas de la Muralla y permitirá al observador comprobar su situación en las zonas que ésta ha desaparecido completamente.

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Cuando visiten la muralla y se asomen al cubo escucharan el sonido del viento que choca contra sus viejos muros y comprobarán que la muralla vuelve a sonar-¦