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E l alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, quiere que a los mendigos que duermen en las calles de la capital se le pueda obligar a pernoctar en los albergues municipales. Tengo para mí que semejante propuesta tiene un origen noble y no está dictada por el afán de esconder a quienes con su presencia son el testimonio vivo de la exclusión social, pero creo que la iniciativa está condenada al fracaso. En España, vivir y dormir en la calle no es delito.

Hay muchos casos de indigentes que son el resultado de un proceso de desgracias y encadenados de falta de suerte que conducen a la exclusión: el paro que se cronifica, la expulsión del núcleo familiar, el alcoholismo, la droga que esclaviza, las depresiones que conducen a la sima de la pérdida de las ganas de vivir, las demencias, etc... pero hay más supuestos. Son menos, pero, también existe el caso del «clochard» voluntario.

Hay quien en plenitud de facultades mentales decide vivir a la intemperie. Y conoce sus derechos y sabe que con la Constitución en la mano nadie le puede obligar a abandonar el banco del parque sobre el que duerme o el rincón de la plaza porticada en el que se refugia. La intemperie elegida tiene escuela y literatura. Recuérdese la anécdota, histórica, del encuentro de Alejandro Magno con Diógenes, el filósofo que vivía como un mendigo en las calles de Corinto. «Pídeme lo que quieras», ofreció el Gran Macedonio plantándose en jarras ante el filósofo tendido en el suelo. «Que te apartes; que me privas del Sol», respondió aquel personaje estrafalario y lucidez fuera de lo común. ¿Qué hacer cuando quien vive en la calle quiere seguir así y no quiere cambiar de vida? Mientras no altere la de los demás, con la ley en la mano, nadie puede obligarle a ir a dormir a un albergue municipal. Juan Barranco que también fue alcalde de Madrid y quiso intentar algo parecido creando un servicio para recoger a los indigentes que pernoctaban a la intemperie ha relatado una experiencia personal con uno de estos herederos de Diógenes que declinó el ofrecimiento para ir a dormir bajo techo municipal acreditando que se sabía la Constitución y conocía sus derechos. Siguió durmiendo en la calle. Al de Corinto le molestaba que le taparan el Sol; el de Madrid no quería es que se inmiscuyeran en su vida.

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